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07/06/2013

Brecha Por Carolina Porley

Coleccionar vínculos


Este mes se desarrolla en la sede de la colección Engelman-Ost un seminario sobre coleccionismo de arte en Uruguay organizado por la Fundación de Arte Contemporáneo. Motivo de sobra para indagar sobre los orígenes y características de la mayor colección privada de arte contemporáneo abierta al público que existe en el país.

No son galeristas, no ven al arte como una inversión y no les gusta mucho el mote de coleccionistas. Son “amigos de los artistas”. Lejos de los remates, Clara Ost y Carlos Engelman han dedicado 50 años de sus vidas a vincularse con artistas y comprarles obras que consideran representativas de un lugar y un tiempo, y que giran en torno a temas que creen fundamentales. En 1994 esas obras salieron de la vivienda particular para exhibirse en una vieja casona céntrica (construida en 1840 y reciclada en 2002), donde se puede ver la mayor colección de arte contemporáneo que existe en el país, con obras de 77 artistas uruguayos, desde María Freire hasta Javier Abreu.*

—En el medio artístico la colección Engelman-Ost es muy respetada por cómo la han ido armando, en contacto con los artistas. ¿Siempre compraron directamente a los autores o han adquirido obras en remates y galerías, o de artistas ya fallecidos?

—Siempre con los artistas. No voy a los remates porque allí no se da el contacto con ellos. Tengo sí algunas obras, dos o tres, que compré de forma indirecta. En un remate compré una pero fue para completar otra, una preciosa pieza abstracta de (Óscar) García Reino que está en mi casa, y que era muy luminosa. En un remate –al que fui a comprar libros– me encontré con otra que era como el anverso, muy en la sombra. Me llamó la atención y la compré. Compré alguna obra en la galería Bruzzone, al principio. Pero siempre prioricé el contacto con el artista, visitando su taller, hablando con él, tratando de conocer su pensamiento e ideas que se expresan a través de la obra. Con Carlos no nos propusimos ser coleccionistas. Nos fue resultando natural. Nos hacíamos amigos del artista. Tratábamos de averiguar por qué a veces el artista se anticipa con su propuesta a algo que está en el aire. Lo vislumbra y lo expresa a través del soporte que elija. A veces encontrábamos obras con más facilidad y otras con más dificultad. Así se fue armando la ahora llamada colección Engelman-Ost. La primera compra fue en 1963, una escultura de María Freire, en la feria de arte de la plaza Cagancha que había organizado El País, y que está acá en la colección.

—Ese vínculo personal con el artista, ¿cómo lo forjan?

—Es como encontrar amigos. Había una feria del libro y había alguien con obras sobre una mesa y yo le preguntaba si podía ver alguna otra cosa, porque me interesaba seguir investigando. O directamente iba a una exposición y me presentaba. Carlos Seveso, por ejemplo, estaba exponiendo en la Feria del Libro de Nancy Bacelo, me acerqué y le pedí si me podía mostrar otras cosas que estuviera haciendo. A veces, en ese abordaje, los artistas se mostraban como sorprendidos y hasta un poco fastidiados, por qué venía alguien a pedir algo distinto de lo que estaba allí. Pero eso no me impidió seguir buscando, ver por qué me había interesado eso y seguir indagando. En el caso de (Ernesto) Vila, le organizaron una exposición en la galería Vezelay en 1986 que me impactó, y conseguí su dirección y fui y le toqué timbre. Vila me mira y me dice: “Yo no entiendo a los coleccionistas…”. A partir de ese momento fuimos tejiendo un vínculo, un intercambio intelectual y emocional. La idea siempre fue seguir la trayectoria del artista. Nos gusta saber en qué etapa están y cómo van cambiando, compremos o no.

—Ese comentario de Ernesto Vila me hizo acordar de una anécdota de Hugo Nantes, cuando una persona le fue a comprar una obra a su casa del Prado, y parece que dudaba de cuál comprar y decía que no sabía si le iba a quedar bien en su casa; entonces cuando se decidió, Nantes tomó una balanza, pesó el cuadro y le puso precio.

—Eso era típico de él. Yo a esa casa nunca fui. La primera vez que lo busqué fui a San José. El contacto fue a través de unos amigos galeristas y fue genial. Nos llevó hasta el gallinero, donde tenía obras. Y a partir de entonces comenzamos una amistad. Siempre íbamos a todas sus exposiciones, él pasaba por acá seguido. Debajo de esta casa teníamos la clínica de neurofisiología de mi esposo, y arriba estaba el billar al que él venía junto al “Peludo” (Manuel Espínola Gómez). Por suerte nunca nos propuso pesar ningún cuadro. Se dio cuenta de que buscábamos otra cosa. De Espínola Gómez no tenemos obras. Sabía que a él no le gustaba vender, y nunca se me ocurrió proponerle. Lo seguía, hasta cuando propuso aquello del polifocalismo. Lo vi en el Subte y en otras exposiciones, pero nunca surgió la posibilidad de tener una obra suya. Acá no hay nada forzado, si establecíamos un vínculo, bien, si no podíamos o no surgía, estaba bien también.

La época en que compramos más fue en los años ochenta, cuando termina la dictadura. Antes los artistas no tenían dónde exponer. Nunca olvidaré las dificultades que tuvo Hugo Longa. Al final María Luisa Torrens le terminó organizando una exposición en afe porque no se conseguía sala. Fue en 1989, yo venía comprándole obra desde los setenta.

Creo que los artistas nos tomaron seriamente, veían que no nos quedábamos con sus obras para adornar la casa, o como inversión. Porque esto no es una inversión. Incluso elegíamos cosas que habitualmente no se vendían.

La colección es una tarea de muchas décadas. Yo tengo 73 años, vengo viendo exposiciones desde los 15. Estoy en esto desde mucho antes de proponerme comprar una obra. Viene de cuando hice preparatorios de arquitectura en la femenina, donde está el ipa ahora, y tuve a María Freire como profesora de historia del arte. Ella nos estimuló de una forma impensable. Traía diapositivas de los viajes que hacía y nos enseñaba a mirar, a apreciar los valores en la composición, el ritmo, el lenguaje que se usaba para la creación plástica. Cada vez que terminaba la clase decía: “Bueno, este fin de semana estas son las exposiciones que tienen que ver…”. Y nos íbamos, dos o tres compañeros, caminando hasta el Centro desde el Palacio Legislativo, a ver esas exposiciones, y luego comentarlas. Eso fue en 1955.

Después de que terminó el curso ella se ganó una beca para ir a Europa, y me mandaba postales, forjamos una muy linda relación. Yo visitaba el taller que tenía con (José Pedro) Costigliolo en un sótano en Ejido. Para mí era un privilegio. Era una época en la que no se hablaba tanto del valor económico de la obra, incluso dentro de las galerías existía otro espíritu. María era crítica de arte en Acción y estábamos al tanto de las luchas que tenían los artistas. Después, y hasta que fue posible, la seguí visitando en su casa en la rambla.

—Muchos de los artistas que ustedes seguían tenían en su momento poco reconocimiento.

—Sí claro, cuando les empezamos a comprar, muchos tenían cero reconocimiento. Ha pasado algún crítico por acá y me ha dicho: “Mirá, Clara, yo no sé por qué tenés a este artista acá”. “Y bueno, forma parte de lo que considero válido”, le respondí. Después de un tiempo aparecieron conceptos muy laudatorios de ese crítico, acerca de ese artista… Considero que hay que conocer al artista y ser fiel a uno mismo. Si yo fuera directora de una institución, de un museo, tendría la obligación de buscar la representatividad respecto al arte nacional. Pero ésta es una colección privada, abierta al público. Por suerte los artistas que tenemos en la colección han ido creciendo, y hoy son muy reconocidos. Me alegra mucho que artistas que estaban en cero cuando los conocimos, tengan ahora una posición consolidada, ganen concursos, sean docentes, estén en los museos… Cuando comenzamos a comprar arte contemporáneo muy pocas personas hacían lo mismo. Es más, se sabía que teníamos obras de artistas contemporáneos y nos llamaban de algunas embajadas, o del Ministerio de Cultura, porque había visitantes que querían conocer nuestra colección, porque era algo que no podían ver en ninguna otra parte. Nuestros hijos estaban un poco cansados de eso, siempre tenía que estar la casa ordenada... Entonces en un momento pudimos adquirir la parte de arriba de este local, donde funcionaba el billar, y ahí empezamos a pensar en hacer un reciclaje para colocar la colección. Y luego pensamos también en mostrarla. Todo fue muy natural. Incluso cuando decidimos hacer exposiciones, también fue casual. Uno de nuestros amigos quería exponer, no había encontrado lugar y dijimos: “Bueno, vamos a hacerla acá”. La primera exposición fue de (Carlos) Seveso, en el año 94. Después hicimos otras. Cuando empezamos abríamos los viernes a la noche, al cerrar la clínica, y venía un crítico o una persona interesante y disertaba sobre un tema… Hoy no podemos tener abierto todos los días, porque no tenemos personal, todo lo hacemos nosotros, o conseguimos artistas que nos ayuden.

—En 1994 pasaron de tener las obras en su casa a exponerlas en este local de Rondeau, sin cartelitos que informen sobre el autor, la fecha o el nombre de la obra. Tampoco hay un orden cronológico o por corriente artística, ¿en qué consiste el guión de la colección?

—No me gusta poner etiquetas, ni a las personas, ni a las obras. En mi casa no pongo etiquetas, acá tampoco. Si hay un grupo que viene a conocer la colección y no tengo en quién delegar la visita, me encargo personalmente de hacer de guía y contesto todas las preguntas. No me gusta encasillar el trabajo de un artista. Debe tener libertad de salirse de un corsé, y comunicarse con alguien que de repente vino a buscar una tendencia más expresionista pero se encuentra con rasgos surrealistas. Entonces cómo voy a etiquetar algo si está en un período de transición y salta de una cosa a la otra; me voy a perder de conectar esa obra con algún otro aspecto que ese otro puede descubrir. No nos gustan los ismos, que van y vienen. No somos intolerantes. Eso es algo que rescato de esta colección. Es una manera de tener una humanidad más valiosa: en la diversidad y el respeto del otro. Nuestro guión responde a los valores que nos interesan y que queremos resaltar. Hacemos un rescate de la memoria y de la cultura del lugar y de la época por la cual estamos transitando. No vamos para atrás, salvo en algunos casos, como el de Costigliolo, en el que nos interesaba recuperar los antecedentes de su última etapa, y entonces le compramos a María obras de épocas anteriores. Es el momento del artista y de la sociedad lo que nos interesa capturar. Si el artista no responde a la sociedad no nos interesa, por más bueno que sea. En este país hubo grandes temas –no hablemos de problemas–: emigración, crisis económica, desaparecidos, temas que son de este lugar pero también de proyección internacional, porque desaparecidos también hubo en mi familia: fueron hechos humo en los campos de concentración. Por eso me interesa trabajar con la memoria. Entonces trato de rescatar lo que se está produciendo, porque es el espejo de lo que se piensa en este contexto. Los temas de las obras son importantes, no sólo lo formal. Pero igual exijo que formalmente el artista tenga la preparación suficiente como para saber lo que está haciendo.

Siempre hay un tema en torno a la obra, aun cuando se trate de los geométricos. Allí hay un deslumbramiento frente a la ciencia en los años cincuenta, un despojamiento de la figura humana. Cuando aparecen otros geométricos, cuatro décadas después, son distintos de los que pudieron haber estudiado o leído de constructivismo ruso, o de Mondrian o de Theo van Doesburg. Si tomamos a (Fernando) López Lage, la obra es él mismo, con sus impaciencias, con su rescate… eso es lo que me interesa descubrir: ¿por qué está haciendo eso? A pesar del lenguaje geométrico, él está diciendo algo.

—En el momento de elegir qué obra comprar o cómo exhibirla en este espacio, ¿lo deciden ustedes o se asesoran con críticos, curadores u otras figuras?

—Las compras las decidimos nosotros. También decidimos nosotros incorporar otros soportes, como instalaciones o fotografía. Siempre es una decisión propia. En el armado de las exposiciones sí hay montajistas. De la iluminación se encarga Carlos. Respetamos mucho la profesionalización que se da en el mundo del arte, pero esto no es un museo, es una colección que abrimos al público y que no queremos que pierda la frescura y la espontaneidad. Muchas veces, cuando recorremos los espacios museísticos en Uruguay y otros lados, vemos una repetición de propuestas en la forma de presentar a los autores. Nuestra propuesta es ésta, no vamos a adoptar la de otros.

El guión de la colección tiene que ser coherente con la persona que la forma, dice algo de esa persona. Y ahí uno nota cuando es de verdad, cuando ve al coleccionista detrás de la colección, o cuando fue hecha por otro. Comprar algo que no sabés qué es... Hay gente que le interesa coleccionar como inversión, acaparan toda la obra de un artista y después levantan los precios… Acá no es así. Ni me preguntes cuánto salen ni cuántas obras tengo.

—El catálogo presentado en 2010** incluía una lista de 68 artistas. En un listado de este año pasaron a 77. ¿Cuáles diría que son los autores más representados?

—Sin duda tenemos bastante de algunos –Hugo Longa, López Lage– a los que les hemos venido comprado durante años, y otros a los que recién empezamos a comprar, y por eso tenemos menos.

—El método de adquisición, a partir del relacionamiento con los artistas, ¿marcó el perfil de la colección, se reflejan en ella esas redes de amistad que ustedes fueron tejiendo?

—No conozco todo, y hay artistas que podrían estar y no están, pero no fue deliberado. La colección se fue armando con base en vínculos de amistad, y a veces uno tiene más llegada o afinidad con unos que con otros.

—¿Cuando hacen exposiciones les piden a los artistas que dejen una obra para la colección?

—No, no lucramos con esto. No nos quedamos con obra, ni le cobramos al artista, como otros lugares que cobran por metro cuadrado de pared. No forma parte de nuestro encare. Tampoco cobramos entrada.

—¿Han vendido alguna obra de la colección para comprar piezas nuevas?

—Tampoco. Una vez a un artista le cambié una obra que tenía por otra. Financiamos la colección con lo que reunimos en los años de trabajo; la clínica de neurofisiología era la de más prestigio en el país. Ahora estamos retirados. Y muchas veces los artistas nos venden en cuotas.

—¿Y cuando ya no estén, qué va a pasar con la colección Engelman-Ost?

—Nunca lo pensamos. Tengo tres hijos, de los cuales sólo una vive acá. Son todos muy respetuosos de esto, no se meten en nuestras decisiones, pero no están involucrados. Son profesionales exitosos, cada uno está en su actividad. Nos gustaría que se mantuviera la colección como unidad. Me gustaría que a mis hijos les fuera tan bien que pudieran seguir manejando esto desde donde estén. Ceder algo o donarlo al Estado no me genera confianza. De acuerdo a lo que he visto de cómo descuidan los legados, no estoy hablando sólo de obras plásticas… Lo pensaría dos veces.

Coleccionismo y arte contemporáneo

El seminario sobre coleccionismo de arte “apunta al afianzamiento” de esta actividad en nuestro país, y parte de “la necesidad de formar nuevos coleccionistas e informar a los ya existentes acerca de la catalogación, conservación, adquisición de obra, identidad y ética de mercado”, según informaron sus organizadores. La idea es brindar herramientas para fortalecer las colecciones privadas, mostrar el accionar del mercado y sugerencias sobre cómo formar un acervo responsable (cómo conceptualizar una colección, cómo evaluar la inversión a largo plazo, dónde y cómo comprar para sostener la unidad e identidad de la colección, etcétera).

La actividad organizada por la Fundación de Arte Contemporáneo (FAC) comenzó el lunes pasado con una conferencia sobre arte y mercado a cargo del argentino Ignacio Liprandi, dueño de un espacio de exhibición y venta de arte contemporáneo en Buenos Aires. El martes se presentaron las experiencias de dos colecciones privadas en nuestro país. Por un lado, Art Büro, y por otro, Reno Xippas, director de la Galería Xippas, con sedes en Ginebra, París, Atenas, Montevideo y Punta del Este.

El próximo lunes habrá una charla sobre el papel de los críticos, artistas y curadores como asesores de coleccionistas, así como de las bienales, festivales y museos en la adquisición y formación de los acervos privados. Participarán Ángela López Ruiz, de la fac, Vivian Honisberg, Javier Abreu y Vladimir Muhvich. El sábado 15 habrá dos videoconferencias con expertos internacionales, el investigador chileno Gonzalo Pedraza y la argentina Soledad Ballvé; y el lunes 17 hablarán dos gestoras culturales, Silvia Listur –sobre la experiencia del Club de la Pinacoteca– y Silvia Arrozés, directora y fundadora de Galería del Paseo. Finalmente el martes 18 Mercedes Bustelo, de Marte Centro Cultural, y Caro Curbelo, de Kiosco, disertarán sobre estos dos emprendimientos recientes.

* La colección Engelman-Ost se puede visitar de lunes a viernes de 16 a 19 horas en Rondeau 1426. Tiene obras de Javier Abreu, Enrique Aguerre, Gustavo Alamon, Carlos Barea, Leo Barizzoni, Javier Bassi, Miguel Battegazzore, Pablo Bielli, Germán Gabrera, Rimer Cardillo, Eduardo Cardozo, José Pedro Costigliolo, Eduardo Díaz Yepes, Águeda Dicancro, Lacy Duarte, Magela Ferrero, María Freire, Óscar García Reino, Hugo Longa, Fernando López Lage, Marcelo Legrand, Vicente Martín, Carlos Musso, Hugo Nantes, Juan José Núñez, Virginia Patrone, Raúl Pavlotzky, Álvaro Pemper, Octavio Podestá, Nelson Ramos, Carlos Seveso, Gustavo Tabares, Santiago Tavella, Juan Uría, Ernesto Vila, Álvaro Zino, Daniel Umpiérrez, Martín Sastre, entre otros. 

** Arte contemporáneo uruguayo. Colección Engelman-Ost. Fernando López Lage (coordinador). Con textos de López Lage, Patricia Bentancur y Jacqueline Lacasa. Publicado con apoyo del Centro Cultural de España.

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  • 28/07/2014 - Universidad ORT, Depto. Estudios Judaicos Conferencia: Gaza y el espiral de violencia sin fin. ¿Hasta cuándo?. A cargo del Dr. Alberto Spektorowski. 19.00 hs. Auditorio ORT Pocitos (Bvar. España 2633)

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