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09/02/2018

Clarín, Revista Ñ- por Carolina Keve

¿Qué dice hoy Ana Frank sobre nosotros?





El relato de la víctima del nazismo se volvió un fenómeno en museos, teatros y escuelas y un modo de historizar el Holocausto.

El diario escrito por Ana Frank se convirtió, en distintas esferas, en consumo obligatorio e indiscutido. Hoy, hasta genera consecuencias prácticas en la vida social: por ejemplo, inspira campañas contra el acoso escolar y la discriminación. Mientras se despliegan versiones y obras artísticas, se consolida cierto cambio de paradigma en los modos de rescatar la memoria del Holocausto. Este relato autobiográfico, uno de los más conocidos textos de no ficción del siglo XX, le ha ganado a otros que disputan los modos de historizar el genocidio antisemita. E invita a repensar su impulso hacia el presente.

Desaparición voluntaria

“La fecha prevista de nuestra desaparición voluntaria había sido fijada: el 16 de julio”, escribía una joven de 13 años en las primeras páginas de su diario, fechado entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de agosto de 1944. Su padre había construido el escondite que los albergaría dos años en una fábrica familiar para escapar de los nazis. El relato de Ana estaba lejos de convertirse en uno de los libros más leídos. Hoy, 74 años después de que la familia fuera descubierta y deportada a campos de concentración, la historia se multiplica en obras de teatro, libros de enseñanza, charlas y hasta en sentencias judiciales. ¿Cuáles son los últimos avistajes de este fenómeno en estas y otras latitudes?

El caso más llamativo de estos últimos tiempos ha sido el dictamen de una jueza de menores en la provincia de Santa Fe: ordenó a dos hermanas denunciadas por golpear y maltratar a una compañera a leer el Diario de Ana Frank. El fallo, firmado a fin de año, dispuso que las jóvenes de 13 y 14 años cumplan 234 horas en la biblioteca de su escuela en Casilda, y expongan luego ante la comunidad educativa las conclusiones que hubieran extraído del libro. Para la magistrada, la historia “deja muchas enseñanzas”, que se pueden capitalizar en este caso porque su protagonista “sufrió agresiones y amenazas indignas” al igual que la joven santafesina hostigada.

Además del carácter atípico –y hasta discutible– de la medida, lo cierto es que desde hace tiempo el abordaje del Holocausto en las escuelas viene ligado a una perspectiva que, lejos de leer el acontecimiento en sí mismo, se propone complejizar su trama interpretativa reconociendo sus diversas dimensiones. “Hoy se cruzan acusaciones sobre el ‘uso indebido de esa memoria’ como un modo de impugnar la referencia a la política criminal y de persecución del nazismo para interpelar experiencias sensibles de otra índole. Como si en el nazismo no se pudieran advertir formas y mecánicas acerca de cómo se desarrollan políticas de odio, sumisión, deshumanización y segregación”, opina el historiador e investigador del Conicet Emannuel Kahan. Según él, las políticas de recordación desplegadas en los últimos años desde el Estado nacional fueron, por momentos, convergentes con la creación y promociónde “un amplio abanico de organizaciones civiles que se propusieron diversas estrategias, entre ellas el Museo del Holocausto, la Fundación Bamá y también el Centro Ana Frank”.

De la resistencia a la niña acosada

Una escalera que cruje conduce a un enorme ambiente con intenso olor a humedad, buen prólogo para la visita al Centro Ana Frank en Buenos Aires.

–Es increíble. Las personas saben que están viniendo a una representación del escondite de Ana. Pero tendrías que ver las caras cada vez que abrimos esta biblioteca giratoria– dice la guía de la casona estilo inglés que hoy concentra las actividades en Argentina. Aquí también funciona el museo que, al igual que el de Ámsterdam, reproduce el lugar donde los Frank estuvieron refugiados junto con otra familia en el intento por evitar los campos de concentración. Tal como dibuja la propia Ana en su diario, un desván y cuatro pequeños ambientes en los que nunca asoma el sol funcionarán como su hogar hasta que alguien los delate. Ana morirá de tifus en Bergen-Belsen, sólo unas semanas antes de poder ser liberada. El único sobreviviente es el padre, a quien una empleada de la fábrica le hace llegar el diario. En el mundo hay 5 museos; el de Argentina es el único de la región.

Desde su creación en 2009, el Centro Ana Frank se dedicó a la organización de diversas actividades, desde exposiciones itinerantes y cursos de capacitación para las escuelas hasta un acuerdo en 2010 con el Ministerio de Defensa para la elaboración de programas de formación en los liceos militares. A esto se sumó en 2017 la producción de una obra de teatro y la visita de Albert Gomes de Mesquita, compañero de liceo de Ana. Para este año, están trabajando en la organización de un Encuentro Nacional de Jóvenes, en la provincia de Santa Fe, territorio de la jueza que dictaminó la novedosa actividad que mencionamos.

Héctor Shalom, director y fundador del Centro, dice que la figura de Ana genera especial empatía entre los más jóvenes ya que tenía su misma edad. Y reivindica, de todos modos, el carácter universal de su testimonio: “Su diario convoca a revisar la conducta humana privilegiando el derecho a la identidad y el de vivir sin violencia”. En este sentido, la muestra también dedica una buena parte a la reflexión sobre el terrorismo de Estado en nuestro país. Este año agregaron una actividad en torno a la violencia de género.

La historia de Ana viene cosechando cada vez más interés en todo el mundo. El cineasta israelí Ari Folman y el ilustrador David Polonsky, directores de la maravillosa Vals con Bashir, adaptaron el diario a una novela gráfica. Las ilusiones y los pensamientos de la joven Ana cobran vida en viñetas que el año que viene comenzarán a migrar también a la pantalla grande, en una versión libre con ciertos giros oníricos donde cobra vida Kitty, la figura imaginaria a la que le escribe Ana.

Mientras tanto, también volvió a colarse una de las grandes preguntas en torno a esta historia: Quién los delató. Un ex agente del FBI se propuso develarlo aunque no hay mayores precisiones sobre los recursos o los intereses que condujeron al jubilado a encabezar un equipo de 19 especialistas para retomar una cuestión prácticamente archivada por la historia. Según explicó, todo comenzó con el hallazgo de una serie de documentos relacionados al caso que, se pensaba, habían sido destruidos en un bombardeo británico en 1944. La iniciativa tiene una página web para quien quiera colaborar (www.coldcasediary.com) y hasta fecha de revelación del presunto culpable: cuando se cumpla el 75° aniversario de la detención de los Frank. Más allá de lo anecdótico, para Kahn estas iniciativas hablan de cierto cambio de paradigma en la historización del Holocausto: “Su consagración como la víctima del nazismo habla de nuestra época, de las formas de evocar aquella experiencia. Pensemos que esto no ha sido siempre así. Desde la década del 50 hasta, por lo menos, avanzados los años 80, la experiencia que servía para recordar el Holocausto y que, a su vez, interpelaba la experiencia juvenil era el Levantamiento del gueto de Varsovia, una insurrección armada perpetrada por los jóvenes judíos que habían decidido, aun a sabiendas de la segura derrota, que al nazi-fascismo sólo se lo podía confrontar”. La historia de Ana, en este sentido, representa lo que denomina una “memoria tranquilizadora”: a la eficacia pedagógica de la primera persona, se suma el valor agregado de la percepción narrada entre pares: “Ana es una niña acosada por el nazismo que logra dar involuntariamente testimonio de las persecuciones sufridas y del martirio. Es la víctima por antonomasia”. Para el especialista, entonces, esto habla más, en realidad, de nuestro tiempo que de aquella experiencia.

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