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20/07/2018

Fuente: Ecos de diario El País, Por Dr. Eduardo Kohn

Amia: 24 años de dolor e injusticia




Los 24 años que han pasado desde que estalló la bomba en el edificio de AMIA, han sido de angustia y dolor pero también de lucha sin pausa por saber la verdad. Y en esa lucha han habido caídos que también lloramos y en la angustia y el dolor se unieron la impotencia ante la impunidad, la mentira, la desinformación, la complicidad y uno de los sentimientos más terribles: la indiferencia. Hoy conocemos a quienes sabían; hoy sabemos quienes fueron; hoy sabemos que el Fiscal Alberto Nisman fue asesinado antes de poder denunciar las pruebas incriminatorias en su poder; hoy sabemos que junto a la indiferencia o el desprecio o ambas cosas por el sufrimiento ajeno se firmó con desparpajo y alevosidad un seudo memorandum de entendimiento con los perpetradores. Y a pesar de todo lo que ya sabemos, nos falta todavía para poder tener un mínimo de paz y ver a las familias de las víctimas gozar de un poco de esa paz, en sus espíritus lacerados por los años de las mentiras y los ocultamientos. Hoy todavía, nos faltan los culpables directos enfrentando la Justicia.

A veces el paso del tiempo nos hace perder la perspectiva para ubicarnos en el momento de los hechos. La bomba que estalló hace 24 años fue aturdidora. Las comunicaciones, lejos de la globalización instantánea actual, ayudaron para que el golpe emocional nos tumbara en cámara lenta. Era difícil comprender cómo dos años después que había sucedido lo mismo donde se encontraba la Embajada de Israel, se nos derrumbaran vidas, edificio, historia. Quienes lo planificaron y quienes lo ejecutaron hicieron uso del shock para cometer la mayor barbarie terrorista en nuestro continente y desvanecerse con la sonrisa maléfica de quien cumple con hacer el mal multiplicado varias veces y lo hace con el fervor del odio que lo mueve. Además de un brutal acto de terrorismo, además de una agresión a toda la Argentina y por extensión a toda América Latina, el atentado fue un alarido feroz que es el sonido típìco de un crimen de odio.

Familiares de las víctimas, organizaciones civiles argentinas y de varias partes del mundo, no se dejaron amedrentar por la brutalidad, las dilaciones y los silencios, y lucharon por saber y conocer desde el día mismo del atentado. Su persistencia, su formidable obstinación, que los llevó a combatir en Argentina, en Naciones Unidas, y otros foros del mundo, nos condujeron al presente. Se enfrentaron con autoridades que no ayudaron y que por el contrario pusieron todos los palos que encontraron a la rueda. Se enfrentaron a jueces y fiscales que no dignificaron la profesión y que con su accionar la degradaron. Hasta que el Dr. Alberto Nisman pudo hilar. Con muchas dificultades, con amenazas de toda índole, poniendo en riesgo su vida. Tanto la puso en riesgo, que se la quitaron.Y hoy al rendir homenaje a su coraje y a su acción, asumimos que quizás no tuvo el apoyo que su arrojado accionar necesitaba y hay que convivir con esa cuota de responsabilidad que probablemente nos ayude a todos a acercarnos definitivamente a no sólo saber más de los criminales y sus cómplices, sino a que la mayor cantidad de ellos puedan enfrentar a la Justicia.

El odio antisemita que produjo el atentado de hace 24 años, fue el odio que destruyó la Embajada de Israel en esta ciudad dos años antes, y es el odio que después multiplicó actos terroristas contra civiles en Europa, Estados Unidos, Lejano y Cercano Oriente. Cuando el líder de un país (Irán) que ocupa un sillón en Naciones Unidas escribe: “Israel es un tumor canceroso maligno en la región de Asia occidental que debe ser eliminado y erradicado: es posible y va a suceder”, incita, provoca y genera acciones de odio no sólo de sus seguidores sino de otros países que siguen sus pasos de fobia antisemita.

Y esa forma de expresarse del líder actual de Irán no es nueva, y su réplica la escuchamos en Medio Oriente, en Europa y la hemos sufrido y la volvemos a sufrir en varios países de nuestra América Latina. Nuestro continente tiene la obligación de apoyar a Argentina no sólo a recordar y cerrar la investigación sobre AMIA, sino a unirse sin titubeo ni duda alguna contra toda manifestación antisemita. Sabemos que el contagio de la discriminación y la xenofobia daña nuestras bases como sociedades y mina nuestras democracias. Es tiempo de estar más unidos que nunca y no permitir que los arrebatos autoritarios y dictatoriales nos quiten la democracia que merecemos.

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