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08/09/2017

ABC, España- por Reyes Mate

Correspondencia Adorno/Scholem: razón y mística




Los pensadores Gershom Scholem y Theodor L. W. Adorno mantuvieron una larga relación epistolar cuyo hilo conductor fue la vida y obra de Walter Benjamin, amén de otros asuntos sobre su tiempo.

Nada decía que pudieran ser amigos. Gershom Scholem (Berlín, 1897-Jerusalén, 1982) se había volcado en la mística judía para acabar con la resignación del judaísmo alemán que teniendo que elegir entre ser judío o ser moderno había optado por lo primero. Theodor L. W. Adorno (Fráncfort, 1903-Visp, Suiza, 1969) era un exquisito intelectual interesado por la Ilustración a la que quería insuflar el aliento crítico que pudiera venir del mesianismo judío. La arrogancia académica de este último y su afán por transformar cada idea en una frase lapidaria, no siempre comprensible, casaba mal con la socarronería del primero que aunque viviera en Jerusalén, adonde había llegado impulsado por su ideal sionista, conservaba intacta la sorna berlinesa. Cuando Adorno le escribe que «sólo son verdaderos los pensamiento que no se entienden a sí mismo», Scholem le responde burlonamente que estaría de acuerdo «si entendiera lo que me dice».

Pero llegaron a ser amigos y este carteo es prueba de una gran amistad y al tiempo documento de la riqueza intelectual de una generación excepcional. Lo que les unía era la aguda conciencia de la pobreza moral e intelectual de su tiempo, incapaz de hacer frente a los desafíos totalitarios que ponían en peligro la herencia civilizatoria. Scholem buscaba respuestas revitalizando la riqueza mística del judaísmo; Adorno, cargando lo profano con lo filosóficamente asumible de esa tradición mesiánica.

«Benjamin se ha quitado la vida»

Todo empezó con Benjamin (Berlín, 1892-Port Bou, España, 1940), amigo de los dos y empeñado en que se conociesen. Apenas si tuvieron tiempo de celebrar el empeño del amigo porque la cuarta carta de Adorno es portadora de una noticia que era un epitafio: «Walter Benjamin se ha quitado la vida». Es difícil hacerse idea de lo que significó su muerte para esa generación. «Es como si hubiese sido sustraido el único garante de la esperanza», confesaba Adorno. Y así fue. Benjamin no era ni el más famoso ni el mejor colocado institucionalmente, pero era el eje. Se había encaramado a lo alto del mástil para descifrar la catástrofe que se avecinaba y todos estaban pendientes de sus noticias.

Estas cartas dan prueba de una amistad y de la riqueza intelectual de una generación excepcional.

A partir del momento de su muerte la relación se adensa porque ambos se veían como los ejecutores testamentarios de Benjamin. Apartan los celos y las susceptibilidades para unir fuerzas en pro del legado y la memoria del amigo muerto. Son ellos los que se preocupan de reunir su producción: había escrito mucho y publicado poco. Bajo su atenta mirada se editan las cartas, vigilan los comentarios y saltan a la palestra cuando alguien osa mancillar su nombre. Son implacables con los errores referidos a su vida y obras, y beligerantes con las interpretaciones que no les gustan. No les resulta fácil encontrar editores dispuestos a publicar textos de un autor inclasificable. Llegan a sospechar que la maldición que le persiguió en vida, alcanzaba también a sus escritos. Todos piensan que Benjamin no vende, de ahí la sorpresa ante el inesperado éxito editorial.

Tradición mesiánica

En la correspondencia llama la atención la contención de Scholem, poco dado a dar opiniones sobre asuntos que salieran de su competencia, y la facilidad con la que Adorno proyectaba trabajos sobre estética, ética o metafísica. Las cartas de Adorno están cargadas de consideraciones filosóficas sobre las que su interlocutor tarda en opinar porque no está muy seguro de entenderle. Pasa cuando le envía su tesis doctoral sobre Kierkegaard o su «opus magnum», «Dialéctica negativa», o alguno de sus escritos sobre música. Adorno, por el contrario, sí que está atento a los escritos de Scholem, avanzando comentarios llenos de sentido y muy elogiosos. Parecería pues que las ideas sólo fluyen en una dirección, del filósofo al teólogo.

El propio Scholem se disculpa por su torpeza filosófica. De Adorno podría decir lo mismo que de Benjamin: que le admiraba más que le comprendía. Pero es esta una percepción errónea, porque en lo que respecta al fondo del problema intelectual que les convoca, las observaciones de Scholem son definitivas. Lo que les unía intelectualmente eran los contenidos de verdad que pudieran desprenderse de la tradición mesiánica. Es verdad que cada cual tenía sus propios objetivos. Adorno buscaba reanimar con ese capital, despreciado por la modernidad, una ilustración que había fracasado en su intento de forjar un mundo habitable. Lo que le interesaba pues era transmutar la mística judía en Ilustración. Pensaba con cierta ingenuidad que la teología sólo tenía sentido mutada en filosofía.

El interés de Scholem era bien distinto. Por sus estudios sabía muy bien las consecuencias políticas de una posición mística. Él mismo había rastreado el hilo que va de la doctrina cabalística de Isaac Luria hasta la Revolución Francesa. Pero no era el efecto político de la mística lo que le movía, sino identificar los destellos actuales de la verdad mística que se hubieran salvado del olvido (debido a la cultura del asimilacionismo) y del desprestigio de la tradición (una enfermedad propia de la Ilustración, pero que había contaminado a su propia generación judía). Lo que Scholem tenía claro es que antes de «profanar» valores mesiánicos, como pretendía Adorno, había que identificarles y salvarles. Esto, dicho en la jerga de Scholem, significaba que antes de hablar de «redención» (salvación del mundo) hay que hablar de «revelación» (escuchar los ecos místicos). El cabalista se lo dice a Adorno como también se lo había dicho a Benjamin.

En las barricadas

La observación es transcendental porque si ese capital semántico mesiánico excede a la razón ilustrada no sólo hay que ocuparse de elaborar lo que quede de él por ahí, como resultado de lo que aún sobreviva de la tradición, sino que hay que investigar donde se encuentra la fuente y cómo se mantiene. Para eso el filósofo necesitaba al teólogo, y por eso la figura de Benjamin, cuya filosofía se había situado en esa encrucijada, era la cita obligada. El momento clave de esta correspondencia ocurre unos meses antes del fallecimiento de Adorno, a los 66 años, de un infarto. Alemania acusó aquel 1969 el vendaval revolucionario que había sacudido Francia un año antes. Adorno estuvo en el punto de mira. Los jóvenes revolucionarios le querían en las barricadas y no en la cátedra. Le acusaban de haber sustraído a la publicación los textos más revolucionarios del Benjamin marxista.

En ese momento de soledad se vuelve a su fiel amigo, Scholem, para que muestre cómo incluso en la fase más materialista siguieron intactos los motivos mesiánicos. Lo genial de Benjamin nada tenía que ver con un marxismo revolucionario sino con la mirada mesiánica que él proyectaba sobre Europa cuando era medianoche en la historia. El lector español dispone aquí de la buena traducción de Martina Fernández y María G. Tellechea, que en algunos momentos revela que las cosas se pueden decir en castellano de varias maneras.

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