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16/01/2018

El Imparcial, España- por Ricardo Ruiz de la Serna

El antisemitismo, Zola y la Europa de hoy





Un texto puede cambiar la Historia. A veces, una página marca una época y se convierte en el símbolo de un debate, una lucha, un tiempo. En estos días, cumple 120 años “Yo acuso”, la célebre defensa que Émile Zola publicó en la primera plana de un periódico recién fundado: L´Aurore. Fue el 13 de enero de 1898 y su luz se sigue proyectando sobre nosotros.

Los hechos son conocidos. Alfred Dreyfus -judío, alsaciano, oficial del ejército francés- lleva cuatro años cumpliendo una condena a cadena perpetua en la Isla del Diablo por un delito de alta traición. La sentencia le ha impuesto una pena severísima por haber espiado a favor de Alemania. Lo han expulsado del ejército con deshonor. Él ha proclamado siempre su inocencia. En 1896, apenas hace dos años, han aparecido, sin embargo, indicios de que Dreyfus puede ser inocente. El coronel Picquart, jefe de los servicios de inteligencia, ha descubierto, a principios de 1896, que el verdadero espía pudo ser al comandante Esterhazy. La familia de Dreyfus -su esposa, su hermano- luchan para que la sentencia se revise y el proceso se reabra. Llevan así dos años. Toda Francia está dividida entre los partidarios de Dreyfus y sus detractores. El antisemitismo está de moda en Europa. Dentro de pocos años, “Los protocolos de los sabios de Sion” darán forma al mito de la conspiración judía mundial, que ya respira en el Viejo Continente. En 1886, el periodista Édouard Drumont ha publicado el panfleto “La France juive”, “La Francia judía”, que ya anticipa los temas del antisemitismo contemporáneo: los judíos controlan los medios de comunicación, los judíos no son leales a los países en los que viven, los judíos controlan el capital y las finanzas, los judíos son el pueblo deicida…Por doquier, estas consignas se repiten y se toman como verdades comúnmente aceptadas. Algunos de los hombres más famosos de Francia -escritores, periodistas- insisten en la culpabilidad de Dreyfus. Es un debate incendiario que puede achicharrar a quien se acerque.

Entonces irrumpe Zola.

Este novelista es un hombre maduro. Tiene 58 años. Su obra es el buque insignia del naturalismo literario. Se sitúa en la izquierda radical. Ha retratado la pobreza de las minas, la explotación de los obreros, la miseria del proletariado que las revoluciones industriales han ido exprimiendo. Ejerce el periodismo desde hace más de treinta años. Ha alcanzado la mayor gloria que cabe tener en Francia: es un escritor reconocido. El ciclo de los Rougon-Macquart (1886-1893) es la catedral de la literatura naturalista. En suma, tiene muchísimo que perder. No necesita la polémica.

Pero no la rehúye.

El 13 de enero de 1898, después de que otro se niegue a publicar sus piezas por temor a perder lectores, encuentra un periódico que se atreve. Aquí hay una primera lección que extraer. No basta con tener valientes que escriban. A veces, es necesario contar con valientes que publiquen. Es inevitable recordar la peregrinación de Rodolfo Walsh con su primer manuscrito de Operación Masacre en busca de un editor que se atreva a denunciar los fusilamientos de José León Suárez. No fue, pues, el único, pero Zola estuvo, sin duda, entre los primeros del periodismo moderno en necesitar de un editor con arrestos para afrontar lo que se venía.

Esta carta que Zola escribe al presidente de la República, Félix Faure, echa humo cuando se la lee. A cuatro años de la condena de Dreyfus, a dos años del hallazgo de nuevos indicios, Zola defiende la inocencia del condenado. Es más; acusa a sus acusadores. Denuncia el antisemitismo que palpita bajo los cargos presentados contra ese judío de Alsacia que se está pudriendo en la Isla del Diablo. Alza la voz contra un error judicial que ha llevado a la condena de un inocente:

“He aquí, señor presidente, los hechos que demuestran cómo pudo cometerse un error judicial. Y las pruebas morales, como la posición social de Dreyfus, su fortuna, su continuo clamor de inocencia, la falta de motivos justificados, acaban de ofrecerlo como una víctima de las extraordinarias maquinaciones del medio clerical en que se movía, y del odio a los puercos judíos que deshonran nuestra época.”

La dureza de este texto aún nos conmueve:

“Por lo demás queda demostrado que el proceso Dreyfus no era más que un asunto particular de las oficinas de guerra; un individuo del Estado Mayor, denunciado por sus camaradas del mismo cuerpo, y condenado, bajo la presión de sus jefes.

Por lo tanto, lo repito, no puede aparecer inocente sin que todo el Estado mayor aparezca culpable. Por esto las oficinas militares, usando todos los medios que les ha sugerido su imaginación y que les permiten sus influencias, defienden a Esterhazy para hundir de nuevo a Dreyfus. ¡Ah!, que gran barrido debe hacer el Gobierno republicano en esa cueva jesuítica (frase del mismo general Billot). ¿Cuándo vendrá el ministerio verdaderamente fuerte y patriota, que se atreva de una vez a refundirlo, y renovarlo todo? Conozco a muchas gentes que, suponiendo posible una guerra, tiemblan de angustia, ¡porque saben en qué manos está la defensa nacional! ¡En qué albergue de intrigas, chismes y dilapidaciones se ha convertido el sagrado asilo donde se decide la suerte de la patria! Espanta la terrible claridad que arroja sobre aquel antro el asunto Dreyfus; el sacrificio humano de un infeliz, de un puerco judío. ¡Ah! se han agitado allí la demencia y la estupidez, maquinaciones locas, prácticas de baja policía, costumbres inquisitoriales; el placer de algunos tiranos que pisotean la nación, ahogando en su garganta el grito de verdad y de justicia bajo el pretexto, falso y sacrílego, de razón de estado.”

El artículo levantó una polvareda que se convirtió en tsunami. Contra Zola se lanzaron las peores acusaciones. Por supuesto, tuvo que litigar en uno de los procesos más famosos de Francia. Lo condenaron a un año de prisión y a pagar tres mil francos de multa. Estando la sentencia recurrida, Zola debe huir a Londres. La noche del 18 de julio de 1898, Zola parte a solas de París en dirección a Calais. Pasará once meses en Inglaterra. He aquí otra lección valiosa. La opinión pública puede ser terrible. Las decisiones judiciales pueden ser injustas. A veces, el precio de decir la verdad es elevadísimo: la soledad, el exilio, la libertad, la hacienda.

Sin embargo, sin personas dispuestas a pagar ese precio no habría libertades civiles, ni democracias liberales ni nada que mereciera la pena defender. El caso de Zola nos enseña que nada de lo que tenemos está ganado por completo y que hay que preservarlo pagando, a veces, un alto precio. Decir la verdad puede ser, por desgracia, un acto de heroísmo.

No entraré ahora en el final del Caso Dreyfus. Baste señalar que la historia no tiene un final “feliz”. Dreyfus fue amnistiado, pero su rehabilitación tardó mucho. Los verdaderos culpables quedaron impunes. Zola murió en 1902 asfixiado por el humo de su chimenea. Hubo que esperar a 1906 para que Dreyfus fuese readmitido en el ejército. En 1908, las cenizas de Zola fueron trasladadas al Panteón.

Los lectores de esta columna saben de la admiración y el afecto que profeso por Francia. La división entre los partidarios y los detractores de Dreyfus marcó buena parte de las primeras décadas del siglo pasado. Con el caso Dreyfus, nació la figura del “intelectual comprometido”. El antisemitismo se convirtió en una de las líneas divisorias de la política en toda Europa hasta nuestros días. En efecto, el odio contra los judíos está rebrotando en nuestro continente, alimentado desde la extrema derecha, la extrema izquierda y las organizaciones yihadistas que han hecho del odio a Israel, el Estado judío, una de las líneas maestras de su propaganda.

Por desgracia, el antisemitismo goza de excelente salud en nuestro continente. Para vergüenza de Europa, el boicot a los judíos -eso y no otra cosa es el boicot a Israel y a sus productos- sigue teniendo partidarios en la vida pública y en las instituciones. Las consignas antisemitas que precipitaron a Europa a sus horas más oscuras -la conspiración, el infanticidio, el control de la economía- siguen apareciendo en el discurso público. Hoy, en Francia, se debate cómo debe publicarse “Bagatelas para una masacre”, el panfleto antisemita que Louis-Ferdinand Céline publicó en 1937. No deberíamos distraernos en España. A 120 años de su publicación, “Yo acuso” sigue denunciando un antisemitismo que no ha desaparecido de Europa.

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