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19/01/2018

Infobae- por Julián Schvindlerman

El bramido islamista de Yusuf Khalil





Quizás el momento más colorido e insólito de la saga AMIA tras el asesinato de Alberto Nisman fue aquél ocurrido el último diciembre, en ocasión del arresto de Yusuf Khalil, un musulmán argentino relacionado al complot del memorando. Llevado esposado hacia un móvil policial, el acusado elevó sus manos al cielo y gritó tres veces Alá u Akbar (Alá es Grande, en árabe), despertando la sorpresa de quienes lo rodeaban. ¿Por qué habría Khalil de proferir el grito de los jihadistas en ese momento? Esta exclamación de fe del islam es usual entre los feligreses mahometanos, sean esos pacíficos o violentos, radicales o moderados. Pero ha sido adoptada por los guerreros santos como su lema de combate. Eso mismo gritan los terroristas fundamentalistas antes de realizar un atentado en cualquier lado. Es la exclamación de los mártires en el instante previo a su muerte. Es su frase final antes de ingresar al Paraíso.

Khalil ingresó a una cárcel, en cambio.

Este nexo entre Irán y la Argentina tuvo un programa de radio llamado Al-Annur tutelado por la mezquita At-Tauhid del bajo Flores, cuyo máximo referente ha sido el jeque Abdul Karim Paz, que contó entre los suyos a Mohsen Alí y entre sus habitués al piquetero Luis D´Elía y al líder de Quebracho Fernando Esteche. Debatí con casi todos ellos en varios programas de televisión años atrás. Nunca pude entender que argentinos, musulmanes o cristianos, defendieran a un régimen teocrático responsable del asesinato de compatriotas en nuestro suelo. Pero eso era exactamente lo que hacían. Ya estaban bajo la lupa del fiscal Nisman, quien en un informe del 2006 decía: “…Argentina fue infiltrada por el servicio de inteligencia iraní, que a mediados de los 1980 comenzó a establecer una vasta red de espionaje que se convirtió en un servicio de inteligencia completo compuesto por la Embajada iraní y su Oficina Cultural en Buenos Aires; elementos extremistas asociados a las mezquitas chiíes At-Tauhíd en Floresta…”.

Una figura crítica de esta mezquita fue Mohsen Rabbani, posteriormente secretario cultural de la embajada iraní en Buenos Aires. Hoy tiene un pedido de captura internacional por su participación en el atentado a la AMIA y está refugiado en la República Islámica de Irán.

Justo esta semana, en las vísperas de un nuevo aniversario del homicidio de Alberto Nisman, dos desarrollos en Europa pertinentemente ponen sobre la palestra las acciones terroristas globales del régimen ayatolá. Las autoridades alemanas informaron el martes que estaban buscando por todo el país a diez espías iraníes miembros del grupo de élite Al-Quds, que habían estado observando potenciales objetivos israelíes y judíos; jardines de infantes incluidos. Y en Bulgaria abrió el miércoles el juicio en ausencia contra el libanés-australiano Meliad Farah y el libanés-canadiense Hassan El Hajj Hassan, quienes según los fiscales tenían vínculos con el movimiento terrorista chiita libanés Hezbolá (creado y patrocinado por Irán) por su participación en el atentado contra turistas israelíes en la localidad de Burgas, en 2012, junto con el franco-libanés Mohamad Hassan El-Husseini, quien detonó los explosivos.

¿Habrá El-Husseini gritado Alá u Akbar en los instantes previos al ataque, como Yusuf Khalil al momento de su arresto? No lo sé. Y está claro que Khalil no fue acusado por acciones terroristas. Él apenas era un apologista de un régimen terrorista. Un nexo nomás. Aun así, ese bramido islamista de mártir condenado lo conecta brutalmente con todo el horror de la jihad chiíta que los ayatolás han estado llevando adelante por muchos años en la Argentina, Alemania, Bulgaria y mil lugares más.

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