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20/09/2019

El caso Dreyfus caló hondo





La Vanguadia, España- por Víctor Freyre

Dreyfus, el caso que aún colea en Francia

Jack Lang, exministro de Cultura francés, encargó en 1985 la ejecución de una estatua del capitán Alfred Dreyfus para ubicarla en el patio de la Escuela Militar de París. Allí mismo, en 1894, Dreyfus había sido humillado públicamente (despojado de sus insignias) antes de partir hacia su encarcelamiento en la Guayana Francesa. Todo por un delito de traición que sus superiores sabían que no había cometido.

Sin embargo, su estatua no pudo resarcir el agravio en aquel lugar tan simbólico: el Ejército rechazó la talla con el razonamiento de que no sería visible para el gran público en el patio de la Escuela Militar, así que la efigie del soldado terminó presidiendo un rincón de los jardines de las Tullerías.

¿Era válido el argumento del Ejército o se negaba a albergar una estatua que le recordaría vergonzosamente una injusticia histórica? La respuesta es una incógnita. Este suceso no tan alejado de nuestros días demuestra cuán hondo caló el caso Dreyfus.

La Francia de finales del siglo XIX era un país sin rumbo, desmoralizado y aturdido. Entre 1870 y 1871 había recibido dos varapalos de los que no conseguía recuperarse. Por un lado, la derrota frente a Prusia, que costó a los galos las regiones de Alsacia y Lorena, representó una humillación ante el clásico enemigo germano.

Por otro, a consecuencia de la debacle ante Prusia, cayó el Segundo Imperio de Napoleón III y entró en escena la Tercera República. Pero era una república muy débil: la primera Asamblea Nacional, paradójicamente, arrojaba una mayoría de diputados monárquicos.

El nuevo régimen empezó a rodar en un clima de crisis política continua, con el miedo a una restauración de la Corona siempre presente, con una prensa ya libre defendiendo apasionadamente una u otra opción política y atacando las demás, con el Ejército y la Iglesia conservando aún buena parte del poder del que gozaron en el Antiguo Régimen, y todo agravado por el creciente papel de los movimientos obreros y el socialismo.

El desequilibrio político quedaba de manifiesto en el hecho de que, en dos decenios, cuatro presidentes de la república dimitieran de su cargo y uno incluso fuera asesinado. Un sentimiento nacionalista de carácter conservador y autoritario fue abriéndose paso en el espectro político en torno a una idea: “amenaza”. La integridad de Francia, según esta ideología, se hallaba amenazada por los alemanes, por los anarquistas... y por los judíos.

El antisemitismo estaba sumamente relacionado con el nacionalismo, como sucedía en otros puntos de Europa. Junto a la exaltación de la identidad nacional aparecía la identificación de un elemento perturbador extranjero contra el que descargar las tensiones, y ese papel recayó sobre los judíos (pese a constituir en Francia una reducida colonia de 80.000 miembros).

Se les acusaba de acaparar la industria y de intoxicar el país a través de los medios de comunicación que estaban en sus manos. Francia, además, contaba con notables antisemitas con cuyos argumentos (pseudocientíficos, y no ya meramente religiosos, como podía suceder en la Edad Media) sustentar este odio.

El propio Voltaire dejó escrito en su Dictionaire Philosophique que los judíos eran un “pueblo bárbaro e ignorante, que durante mucho tiempo [había] conjugado la más sórdida de las avaricias con la más detestable de las supersticiones”. El caldo de cultivo para el escándalo Dreyfus ya estaba preparado.

El bordereau

Todo empezó la mañana del 26 de septiembre de 1894. El desencadenante fue el personaje menos conocido de toda la trama: madame Bastian, la encargada de la limpieza de la embajada alemana en París. Los germanos la contrataron por su condición de analfabeta, pero no precisó leer ni escribir para convertirse en agente de la Sección de Estadística del Estado Mayor (eufemística denominación del servicio de espionaje francés).

Madame Bastian recogía cuanto documento encontraba en las papeleras y lo entregaba a su enlace, el comandante Hubert Joseph Henry. Aquel día de septiembre el hallazgo de madame Bastian fue de tal calibre que el jefe del gobierno, Charles Dupuy, convocó al ministro de la Guerra, Auguste Mercier, a un gabinete de crisis y encargó una investigación de urgencia a Jean Sandherr, jefe del servicio secreto.

El descubrimiento de madame Bastian era una nota conocida simplemente como el bordereau en la que un anónimo oficial francés se ofrecía para revelar al agregado militar alemán en París, Max von Schwarzkoppen, los últimos movimientos del Estado Mayor francés.

Por lo que se deducía del bordereau, el misterioso oficial había estado en contacto con varios departamentos del Ejército, y solo una docena de oficiales cumplían este requisito. Uno de ellos era el capitán Alfred Dreyfus, un judío de 35 años.

Los investigadores ojearon las caligrafías de los sospechosos, pero su elección estaba hecha de antemano: Dreyfus era judío y eso le convertía esencialmente en el sospechoso número uno. Sandherr y gran parte de su equipo en el servicio secreto, incluido el comandante Henry, eran notorios antisemitas.

Al ministro Mercier, por su parte, le convenía un culpable judío, pues la prensa derechista había orquestado una campaña contra él por permitir el ingreso de numerosos oficiales hebreos en el ejército francés. El siguiente paso no podía ser otro: el 15 de octubre Dreyfus era arrestado.

Francia, y sobre todo su ejército, precisaba levantar la moral tras la derrota sufrida ante Prusia (en 1894 ya reconvertida en la Alemania unificada). Qué mejor manera de levantar los ánimos que desenmascarando una trama de espionaje alemán en el propio París. De paso, el culpable no sería un bon français, sino un judío. Una pequeña victoria contra los alemanes y una excusa definitiva para justificar el antisemitismo. Dos pájaros de un tiro.

Estalla el affaire

Empezó la instrucción del caso (a cargo un experto en grafología del servicio secreto, el comandante Armand du Paty de Clam) sin que Dreyfus supiera de qué se le acusaba. Constantemente era hostigado para escribir extraños textos en los que se incluían frases extraídas del bordereau.

Entre los calígrafos no existía acuerdo, la presión a que estaban sometidos era considerable y uno incluso llegó a inventar la “teoría de la autofalsificación”: la letra del bordereau no era la de Dreyfus pero sí lo habría escrito él, es decir, habría cambiado su caligrafía a propósito para no ser descubierto si sus mensajes eran interceptados.

Paty de Clam mantenía a Dreyfus en prisión a la espera de que por fin apareciese alguna prueba definitiva que lo incriminara. Las evidencias, sin embargo, no llegaban, y los planes para condenar a un militar judío estaban a punto de dar al traste.

Tal como se comprobó, Dreyfus poseía un currículum militar sin mácula, no tenía problemas económicos y, además, su familia había demostrado una lealtad inusual para con Francia: procedentes de Alsacia, los padres de Dreyfus (ricos industriales textiles) emigraron a ese país cuando la región pasó a manos alemanas en 1871. En definitiva, Dreyfus carecía de móvil.

Ante la perspectiva de que fuera puesto en libertad por falta de pruebas, se inició la guerra sucia contra él. El primer paso fue utilizar un arma insólita hasta la época: la prensa. El comandante Henry filtró a los rotativos adecuados (derechistas y antisemitas) la noticia de que Alfred Dreyfus, un oficial judío, estaba detenido por traicionar a la patria. La maquinaria populista se puso en marcha: el detenido se convirtió rápidamente en el culpable.

Los periódicos condenaron a Dreyfus y nadie en Francia creía en su inocencia. La estrategia de Henry había funcionado: ante la presión popular, el gobierno dio el pistoletazo de salida al consejo de guerra contra Alfred Dreyfus. Este, por fin, supo que estaba acusado de alta traición por espiar a favor de Alemania.

Todos los militares que sabían que no existían evidencias contra Dreyfus arriesgaban su reputación en aquel juicio. No podían perder, de modo que Henry, con la aprobación del ministro Mercier, se encargó de nuevo del trabajo sucio. Una vez los jueces se retiraron a deliberar (se preveía una discusión larga e intensa, dada la pobreza de argumentos contra Dreyfus), recibieron un dossier con pruebas documentales contundentes contra el acusado.

Todas aquellas notas, presuntas comunicaciones interceptadas a los alemanes o a sus aliados italianos, estaban amañadas por Henry, quien, saltándose todas las reglas del Código de Justicia Militar, no las puso en conocimiento ni de Dreyfus ni de su abogado. Los jueces reaparecieron en la sala con una condena firme: confinamiento de por vida y degradación.

El destierro del capitán

El 5 de enero de 1895, en el patio de la Escuela Militar de París donde noventa años después debía erigirse su efigie, Dreyfus fue despojado de sus insignias y contempló cómo su sable era partido por la mitad. De allí lo trasladaron a su lejano destierro en la isla del Diablo, un penal ubicado en la Guayana Francesa. Solo un golpe del azar podría devolverle la libertad.

Y el azar se materializó en forma de un nuevo hallazgo de madame Bastian. En marzo de 1896 encontró en la papelera de Von Schwarzkoppen una nueva comunicación entre este y su topo francés. Y esta vez la nota llevaba un nombre: comandante Ferdinand Walsin Esterhazy.

El material de madame Bastian llegó a manos del nuevo jefe del espionaje francés, el coronel Georges Picquart (que había sustituido al fallecido antisemita Sandherr). Este no dudó en buscar algún manuscrito de Esterhazy y compararlo con el bordereau...

No cabía duda de que este comandante de origen húngaro era el verdadero traidor, y además tenía un importante móvil económico para vender secretos a los alemanes: estaba abrumado por las deudas, y en el pasado se había visto implicado en varias estafas.

Picquart puso el hallazgo en conocimiento de sus superiores. La respuesta fue tajante: debía olvidar el asunto. Entonces se dio cuenta de que el juicio contra Dreyfus había sido amañado y se convirtió de inmediato en un elemento molesto para el Ejército. Como medida preventiva, se le trasladó al norte de África.

El affaire Dreyfus tomaba un nuevo cariz: una vez cometida la injusticia, el propósito de los militares implicados era salvaguardar el honor del Ejército a toda costa. Aunque fuese por encima de la verdad.

Comienza la división

Gracias a la perseverancia y a las continuas entrevistas del hermano del condenado, Mathieu Dreyfus, con todo tipo de personajes influyentes, en Francia empezaron a aparecer algunas voces que insinuaban la existencia de irregularidades en el juicio, sobre todo por el hecho de que Alfred hubiese sido condenado por pruebas que no se habían mencionado durante el proceso. Era el inicio de la fragmentación de Francia en dos bandos: los dreyfusards (partidarios de que se revisara el caso) y los antidreyfusards.

Uno de los contactos de mayor envergadura de Mathieu era el vicepresidente del Senado, Auguste Scheurer-Kestner, alsaciano como los Dreyfus. Este recibió una filtración acerca de los descubrimientos de Picquart, pero no podía hacer nada: su canal de información era absolutamente confidencial.

Para emprender una lucha a favor de la revisión del caso precisaba una prueba a la vista de todos. Y el azar, el gran aliado de Alfred Dreyfus, volvió a actuar. El 10 de noviembre de 1896, un periódico parisino, Le Matin, publicó una fotografía del bordereau (comprada a uno de los hasta cuarenta calígrafos que intervinieron en el proceso).

Un banquero identificó aquella letra como la de uno de sus clientes, el comandante Esterhazy, y lo hizo saber a Mathieu Dreyfus, quien a su vez lo comunicó a Scheurer-Kestner. Por fin encontraba este una prueba que no estuviera vinculada a su pacto de silencio. Presionó convenientemente y el Ejército no tuvo más remedio que convocar un consejo de guerra contra Esterhazy para salvar las apariencias.

El juicio repetía el esquema del de Dreyfus, se basaba solo en el dictamen de unos calígrafos, pero sin muchas dilaciones (y con la mano de Henry falsificando de nuevo pruebas, aunque esta vez a favor del acusado) Esterhazy salió absuelto.

Scheurer-Kestner, por su parte, fue víctima de un auténtico linchamiento por parte de la prensa, que le acusaba de antipatriota, y perdió la vicepresidencia del Senado. Para evitar posteriores sobresaltos, el servicio secreto francés ya había “ordenado” a Esterhazy que cortara sus comunicaciones con Von Schwarzkoppen.

Zola acusa

El gobierno de centro derecha, elegido en abril de 1896 y encabezado por Jules Méline, tomó cartas en el asunto. Estuviera o no al tanto de lo ocurrido, su objetivo era claro: evitar un escándalo que hundiera la institución militar y salpicara a la frágil república francesa. Absuelto Esterhazy, fue famosa la declaración de Méline: “No existe ningún affaire Dreyfus”.

Cada vez, sin embargo, eran más los personajes de la vida pública francesa que se daban por enterados de ese caso supuestamente “inexistente”. Y muchos no veían con buenos ojos que se sacrificaran los derechos de un individuo por salvaguardar la integridad nacional.

Sin embargo, el asunto había llegado a un callejón sin salida. Solo en la pluma de Émile Zola, convertido ya en una gloria nacional, estaba la solución.

El 13 de enero de 1898, tres días después de la absolución de Esterhazy, Zola publicó en la prensa su famoso artículo “J’Accuse...!”, una denuncia en toda regla acerca de lo acontecido en el caso Dreyfus. Muchos de los puntos que denunciaba el escritor no podían probarse porque el Ejército ocultaba las evidencias, así que se enfrentó a un juicio por libelo (calumnia en medio escrito).

Le fue impuesta una condena de un año de prisión y una multa de 3.000 francos. Zola huyó a Gran Bretaña con su misión cumplida: su propósito de sacudir la conciencia de los franceses había dado resultado.

La opción dreyfusard ganaba adeptos entre la clase política y el pueblo. Pero el escándalo cada vez quedaba más desnaturalizado: ser dreyfusard era ya más una actitud de izquierda, de oposición a la derecha gobernante, que un sentimiento de justicia hacia un rico oficial judío encarcelado a miles de kilómetros de distancia.

Dreyfus se había convertido en un icono de confrontación política, un instrumento que sirvió para definir, más o menos nítidamente, dos posturas claras en el espectro político: el ala izquierda (en la que socialistas, liberales y radicales acercaron posiciones) y la derecha (que endurecía sus posturas y sentaba las bases que abrirían las puertas a los fascismos).

La verdad al descubierto

En junio de 1898 el centro derecha perdía las elecciones. El equipo del nuevo jefe de gobierno, el izquierdista republicano Pierre Waldeck-Rousseau, se mostró más dispuesto a conocer la verdad. El coronel Picquart rompió su silencio, desafió a sus superiores y denunció las falsificaciones de pruebas que habían llevado a Dreyfus a presidio.

El comandante Henry fue arrestado, confesó y horas después aparecía degollado en su celda. Esterhazy no se arriesgó a un nuevo juicio y huyó a Gran Bretaña. Armand du Paty de Clam, el instructor del caso, se retiró del Ejército. Alfred Dreyfus, por su parte, abandonaba la isla del Diablo en julio de 1899 y llegaba a la ciudad de Rennes, donde debía celebrarse la revisión.

El juicio de Rennes fue un pulso entre los partidarios de Dreyfus y los de su principal acusador, el exministro Mercier. Este último tenía aún demasiado peso por todo lo que representaba el honor castrense, y Dreyfus volvía a ser declarado culpable.

El escándalo rozaba ya el ridículo, el “J’Accuse...!” de Zola había contribuido a atraer la simpatía de personas de todo el mundo hacia los dreyfusards. En algunos países, incluso, se anunciaba un boicot a la Exposición Universal de París de 1900... El gobierno ofreció el indulto a Dreyfus, pero este lo rechazó: una y otra vez pregonaba su inocencia, quería la absolución, no el perdón. Finalmente, para terminar con el tormento de su familia, se conformó con la oferta del gobierno.

Dreyfus consiguió que la revisión del caso siguiera su curso, y todas las trampas que se habían cometido para inculparle quedaron al descubierto. En julio de 1906, Alfred Dreyfus, ya declarado inocente, reingresaba en la Escuela Militar de París, esta vez para ser nombrado jefe de escuadrón y recibir la distinción de caballero de la Legión de Honor.

Ironías de la historia, aún estaba activo durante la Primera Guerra Mundial para luchar como teniente coronel contra las facciones alemanas, aquellas a las que se le acusó de ayudar.

Nadie fue juzgado por la injusticia cometida: a semejanza de lo que ocurriría casi un siglo después en Argentina tras la dictadura, el gobierno francés decretó un indulto general, una especie de ley de punto y final (desentrañar quién estaba al corriente de la falsificación de pruebas dentro del Ejército y el gobierno habría provocado una auténtica reacción destructiva en cadena).

Alfred Dreyfus murió en 1935, pero su caso tiene un epílogo sin fin, con resonancias continuas hasta nuestros días. En 1945, por ejemplo, Charles Maurras, uno de los principales colaboracionistas nazis en la época del gobierno de Vichy, exclamó tras el juicio en que sería condenado a cadena perpetua: “¡Esto es la revancha por el caso Dreyfus!”.

En 1994, el ejército francés tuvo que conceder un apresurado retiro a un coronel por publicar un artículo en el que sutilmente ponía en duda la “teoría” de la inocencia de Dreyfus.

En julio de 2019, la ministra de Defensa francesa, Florence Parly, dejaba entender en un discurso la posibilidad de ascender a Dreyfus a general. “Hay cicatrices que pueden aliviarse”, indicaba.

Y es que el affaire es una de las heridas más profundas de la historia reciente de Francia. Su recuerdo se hace visible con cada caso en que se vulneran los derechos de un individuo en el seno de presuntas democracias.

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