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09/01/2018

El Medio, España- por Sohrab Ahmari

Irán: una revolución por la dignidad nacional







¿Qué está pasando en la República islámica? Tras casi cuatro décadas de fanático régimen islamista expoliador, los iraníes están desesperados por volver a ser otra vez un Estado-nación normal, y se niegan a ser utilizados para una causa ideológica que perdió su esplendor hace ya mucho. Es un punto de inflexión en la historia de Irán: el sueño de una reforma del sistema teocrático se ha hecho pedazos. Se podría decir que los iraníes están decididos a hacer que Irán vuelva a ser grande.

Su movimiento está en sintonía con el espíritu mundial de renovación nacionalista. Desde EEUU a la India y de Sudáfrica a Gran Bretaña, los líderes políticos y los votantes que los han elegido están reafirmando el duradero valor del Estado-nación. Los iraníes no se han quedado al margen de estos acontecimientos, como indican los lemas de las protestas en curso. Los iraníes ya no están hablando de votos y recuentos, sino exigiendo dignidad nacional a un régimen que durante demasiado tiempo ha sacrificado la iranidad a su misión revolucionaria chií.

Es llamativo, por ejemplo, que los manifestasen coreen: “Moriremos para recuperar Irán”, “Ni Gaza ni el Líbano: mi vida, sólo por Irán” o “Dejaos de Siria y haced algo por mí”. Dicho de otra manera: el pueblo está cansado de pagar el precio de los esfuerzos del régimen por rehacer la región a su semejanza y de desafiar la hegemonía estadounidense. Algunos incluso han llegado a corear “Sah Reza, bendito sea tu espíritu”, expresando gratitud y nostalgia por los tiempos de Pahlavi, cuando el moderno y prooccidental Estado-nación de Irán emergió de las ruinas del Imperio persa.

Los gobernantes islamistas de Irán nunca han tenido una relación fácil con el nacionalismo iraní. En los primeros tiempos de la revolución, los seguidores del ayatolá Jomeini se aprestaron a deshacer los hilos preislámicos que formaban el tapiz de la identidad nacional: el Año Nuevo persa, las joyas arquitectónicas de Persépolis, la poesía épica que durante tanto tiempo moldeó el espíritu nacional…: a todo eso se le quitó importancia, cuando no se dictaron prohibiciones.

Sin embargo, más recientemente, el régimen ha tratado de acoplar sus ambiciones ideológicas y regionales al orgullo y la memoria nacionales. A Qasem Soleimani, comandante de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica que lideró los esfuerzos bélicos en Siria e Irak, se le empezó a presentar cada vez más como el Ciro el Grande de nuestro tiempo. El régimen declaró que tenía que combatir al Estado Islámico en Siria e Irak para evitar hacerlo en casa, y la idea caló entre muchos iraníes laicos de clase media. Entre tanto, algunas figuras del régimen, como el expresidente Mahmud Ahmadineyad, intentaron promover un islam iraní tan puro como consistente con una visión nacionalista.

Pero, como sugiere la revuelta que está teniendo lugar, ese proyecto ha fracasado por completo. No hay propaganda y revisionismo que puedan enmascarar la hostilidad constitucional del régimen al nacionalismo. Ni que pueda aplacar a los iraníes que han visto derrochar su riqueza en aventuras en tierras árabes que no les conciernen: “Gaza” es una abstracción para la inmensa mayoría. Ese impulso nacionalista dirigido por el régimen tampoco podría mejorar el ánimo de los iraníes que llevan una vida signada por la pobreza, la represión y el aislamiento del resto del mundo.

La actual revuelta plantea, pues, una amenaza mucho más potente para el poder de los mulás que las registradas en otros momentos, porque el nacionalismo es una fuerza mucho más poderosa que la aspiración liberal-democrática. Si un número suficiente de iraníes termina por considerar que su régimen es un obstáculo para la grandeza, los días de la República Islámica habrán terminado, desenlace que coincide plenamente con los intereses de seguridad nacional de EEUU.

El nuevo Irán que surgiría de dicha revuelta no sería tal vez un Estado liberal, en el concepto occidental del término. Pero es más probable que sus cálculos sobre su lugar en la región y en el mundo se guiasen por las prioridades normales de un Estado-nación. Al fin y al cabo, la gente que está haciendo la revolución está cansada de servir a la causa mesiánica de otros.

Por lo tanto, la Administración Trump debería tratar de influir en el resultado. Con todos sus defectos, el presidente Trump tiene una forma de hablar sobre el nacionalismo y la nacionalidad que puede tener gran repercusión en un momento como este. Los tipos de la Administración Obama ya están instando a sus sucesores a adoptar el mismo enfoque fallido que hizo que el presidente Obama se negara a pronunciarse con contundencia en 2009. Nos guste o no, los iraníes respetan el poder estadounidense. Un estímulo de EEUU –aunque provenga de un presidente a veces bombástico– puede recordar a quienes se están enfrentando a una de las tiranías más brutales del mundo que no están solos.

Puede que una ocasión como la representada por esta revolución por la dignidad nacional de Irán no se vuelva a presentar en una generación.

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