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25/04/2019

La Vanguardia, España- por Emmanuel Taub

Judaísmo musical








Música, musicalidad, armonía. Cantamos melodías como mantras, y en ellas las palabras se transforman. El lenguaje cantado, o cantar en el lenguaje, deshace la palabra y la vuelve parte de la naturaleza y allí, en esa metamorfosis, encuentra el equilibrio con lo sagrado. La palabra es la violencia del lenguaje que penetra el mundo:

desgarradura, grieta, hendidura.

La música es la palabra no-dicha, canto, palabra implosionada. La música es el equilibrio entre el alma y el universo. La música es la expresión de esa belleza intraducible.

La belleza es la armonía entre lo divino y lo humano.

Lo sagrado no se dice, no tiene palabra, se encuentra más allá de la razón. Lo sagrado es como el susurro del viento que nos detiene ante la tempestad. Viento que nos obliga a levantar el rostro y mirar hacia el cielo: límite infinito ante el que nos volvemos niños otra vez. El hálito divino que habita en el lenguaje y en la palabra sale de su ocultamiento en el canto que canta, en la música que atraviesa el aire como un cuchillo. No hay símbolo que atrape la música: se esconde, se escapa. Las palabras no alcanzan para nombrar lo sin nombre.

II. La música es el destello que se desenmascara frente al ruido del mundo.

La música y la oración se confunden, como un hechizo, nos elevan, nos llevan más allá de nosotros mismos.

El gran poeta y pensador judío Edmond Jabès le dedica a la memoria de su amigo Max Jacob su libro Canciones para el almuerzo del ogro. En aquella dedicatoria escribe:

“…porque tal vez haya una canción ligada a la infancia que, en las horas más sangrientas, desafía sola a la desgracia y a la muerte”.

La memoria de las canciones es la memoria de nuestra infancia. La memoria de las canciones que hacen a nuestra memoria, a la construcción imaginaria de nuestro tiempo pasado. Hay una canción para cada recuerdo, canciones que son las máscaras de nuestros momentos transcurridos. Es ahí en donde se entrelazan, y ya no es la canción y el recuerdo, sino el recuerdo de la canción como nuestra historia.

Ser y estar en una melodía que nos vuelve uno mismo. El ser de los judaísmos es la música que hace de los ellos las formas de habitar el mundo. Somos la canción que resuena en nuestro oído y nos recuerda quiénes fuimos, y de dónde hemos partimos.

III Qué es el judaísmo sino sus ritos, sus ritmos, sus cantos.

Qué es el judaísmo sino sus múltiples transformaciones, las culturas que lo atraviesan, los lenguajes que lo constituyen.

Qué es el judaísmo sino las tradiciones que contiene y lo deconstruyen.

No podemos hablar de judaísmo sino de judaísmos; no podemos hablar de cultura judía, sino de culturas judías, de encuentros y desencuentros, de diáspora y errancia, de júbilo y de tristeza.

Cada tradición tiene sus representaciones, reales o imaginadas, que alimentan nuestra subjetividad. La música es parte de los rostros que conforman los judaísmos: desde Polonia hasta África, desde Europa hasta América, desde Oriente hasta Occidente.

Ser en el mundo es también ser en la música de nuestros mundos.

Somos la música de nuestros abuelos y padres, la música de las generaciones hundidas en el tiempo.

Somos la música de los barcos escapando de Europa.

Somos la música de los primeros que labraron la tierra del exilio.

Somos la música que arrebatada en los campos de exterminio.

Somos la música de nuestras festividades y rememoraciones.

Somos la música de nuestros judaísmos.

IV. La música no tiene edad ni hogar. La música no es pasado ni futuro. La música es puro presente, siempre ahora, siempre instante. Atemporal, como el arte.

La escucha nos arranca del tiempo y el mundo nos envuelve en la melodía, en el canto, en el sonido de los instrumentos que inundan nuestros sentidos y nos transforman.

Jeanne Hersch fue una filósofa y escritora suiza fallecida a principios del siglo XXI. En uno de sus más hermosos libros, Tiempo y música, escribe:

“Las notas y los ritmos se suceden y desvanecen, pero al mismo tiempo no se desvanecen, cada uno implica los precedentes. No se trata de memoria, sino de un denso presente, extendido, que dura: que es, en lo vivido por los hombres, lo más parecido a una miniatura de eternidad”.

La música no tiene memoria, ni tiempo.

La música es… y en esa intemporalidad somos.

La música y el ser humano forman esa miniatura de eternidad, más allá del tiempo y del espacio.

Vladimir Jankélévitch, el exquisito filósofo francés, escribió en su libro La música y lo inefable:

“El acontecimiento huidizo e irreversible, la evanescente cualidad, la ausencia, la circunstancia transcurrida y que ya nunca será: estos son los objetos privados de la dulce melancolía musical. ¿No es la música una suerte de temporalidad encantada? […] Porque, aun siendo enteramente temporal, la música es a la vez una protesta contra lo irreversible y, gracias a la reminiscencia, una victoria sobre lo irreversible, un medio de revivir lo mismo en lo otro”.

Recuperemos esta idea de “temporalidad encantada”: la música es tiempo fuera del tiempo, encantamiento. En la música estamos encantados bajo la influencia de un hechizo, bajo la influencia de lo Otro sin-lenguaje, de esa ausencia de nombre para nombrar.

La música se repite pero no se repite: atravesamos las mismas melodías mil veces, bailamos mil veces la misma canción, pero nunca es igual, porque tampoco nunca somos los mismos. Así es también la memoria judía y la rememoración: somos lo que fueron los que somos, igual que al salir del desierto, igual que al escapar de Europa, igual que al cantar abrazados con la primera estrella de shabat.

V. Más allá de la palabra habita el sonido de la naturaleza, la musicalidad del mundo creado y aparecido. Color de mi canción, un poema de Edmond Jabès dice así:

“Canto una canción que las ramas conocen, que las piedras han olvidado. ¿Sorprende esta canción a los hombres? El rojo una vez sangre, el verde una vez agua, inspírame, viejo mendigo, las palabras de mi canción”.

Qué palabras nos inspiran canción. Qué cielos se vuelven canción y memoria. Qué memoria se vuelve cielo. Qué canción nos recuerda ese cielo que alguna vez fue nuestra infancia, nuestra primer caricia, nuestra eterna pérdida.

Walter Benjamin escribió en su Parque central: “La salvación se agarra al pequeño salto dentro de la catástrofe continua”. Podríamos decir que ese pequeño salto es la posibilidad de la belleza, de la armonía entre aquello que se encuentra más allá de los sentidos, más allá de la razón. El pequeño salto es el lugar fuera de la palabra que construye el lenguaje: el lenguaje musical.

VI. La música nos vuelve niños, nos devuelve la mirada del asombro con la que descubrimos el mundo a cada paso. La música nos vuelve sensibles al tacto de lo in-explicable. Y eso inexplicable es la gracia que se habita anterior al lenguaje: lo in-traducible, lo sublime.

Jacobo Fijman fue un poeta judío que emigró de niño, a principios del siglo XX, a la Argentina junto a sus padres en busca de un futuro próspero. Atormentado por los horrores del mundo y de su tiempo, terminó su vida internado, preso de la psicosis y el delirio. Autor de una formidable obra poética, este pequeño tesoro se llama Canción de la visión real de la gracia: “Niño, tú tienes el oído junto al amanecer de la tierra y el cielo. Amén el bosque, amén el mar, y amén a las estrellas.

El signo de tus manos ata el secreto del mundo. Amén el bosque, y amén el mar, y amén a las estrellas. La tierra canta y el cielo, y la vida y la muerte.

Niño, tú tienes en el signo que trazan tus manos. El día y la noche, y la tierra y el cielo, y la vida y la muerte.

Amén, amén, amén, Niño del alba de la tierra y el cielo”.

Canta la tierra y el mundo, cantan las aves y las bestias del mar. Canta el hombre. Las creaturas creadas cantan y entonan melodías. La música es anterior al lenguaje, porque el grito es antes canto que palabra, porque el aullido es antes canto que ruido, porque el ladrido es antes canto que llamado.

Canta el mundo y cantamos junto a él. Canta el mundo, y el mundo se vuelve parte de nosotros mismos.

VII. En la tradición jasídica no es posible separar el canto de la danza, y la danza de la conexión con Dios.

Rabi Moshé Leib de Sasov, uno de los maestros jasídicos, cuenta sobre los poderes de la danza y de la curación:

“Llevaron a Rabi Moshé Leib la noticia de que su amigo el rabino de Berditchev había caído enfermo. En el shabat dijo su nombre una y otra vez y oró por su restablecimiento. Luego se puso los zapatos nuevos de cuero marroquí, se los anudó ajustadamente y bailó.

Un tzadik que había estado presenta afirmaba: una fuerza fluía de su baile. Cada uno de sus pasos era un misterio poderoso. Una luz desconocida bañó la casa, y todos los que estaban observando vieron como las huestes celestiales se unían a la danza”.

El baile es una sanación. El baile nos une con los ángeles que bailan a nuestro lado, y aún sin verlos, no llenan de su espíritu.

VIII. En la tradición jasídica no es posible separar el canto de la danza, y la danza de la conexión con Dios.

Rabi Moshé Leib de Sasov, uno de los maestros jasídicos, cuenta sobre los poderes de la danza y de la curación:

“Llevaron a Rabi Moshé Leib la noticia de que su amigo el rabino de Berditchev había caído enfermo. En el shabat dijo su nombre una y otra vez y oró por su restablecimiento. Luego se puso los zapatos nuevos de cuero marroquí, se los anudó ajustadamente y bailó.

Un tzadik que había estado presenta afirmaba: una fuerza fluía de su baile. Cada uno de sus pasos era un misterio poderoso. Una luz desconocida bañó la casa, y todos los que estaban observando vieron como las huestes celestiales se unían a la danza”.

El baile es una sanación. El baile nos une con los ángeles que bailan a nuestro lado, y aún sin verlos, no llenan de su espíritu.

VIII. Hermann Broch fue un novelista y filósofo judío nacido en Austria, y poco conocido por aquí. Arrestado por el nazismo por su origen judío, logró escapar antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y finalmente, en 1940, desde Inglaterra emigró a los Estados Unidos. Además de un gran novelista fue un extraordinario poeta. Este poema se llama La bailarina: “La muerte es para ti todavía un mundo de silencio; el ser, algo aún completamente real, en él habitan para ti el placer, la angustia, de él emerge tu pobre vida; y el sonido de tu vida esparcido por el viento da con esta persona y con aquella, que se postran ante ti, oh sombra extraña que simplemente te atestigua como alguien solitario, un punto limitado en el universo y aunque el más libre gesto se resuelva a tu favor, aunque tenses el mundo en una gran distancia, permaneces en él siempre en la tierra: hasta que un sentimiento se engendre con fuerzas en ti y, consciente, proscriba intemporal el gesto y te englobe en el universo y el universo en ti”.

Digamos: el baile tensa el mundo, estira sus límites, busca alcanzar el cielo.

Nuestros pies bailan al ritmo de la música y se vuelven un lenguaje en comunión con la naturaleza. Un lenguaje dirigido a ese más allá del lenguaje que es lo divino.

En el éxtasis del baile que nos arranca del tiempo, en donde la música extiende el horizonte entre el mundo y el cielo, aún con los pies en la tierra, somos parte del universo, somos parte del cosmos.

IX. Hay en la Torá un pasaje paradigmático sobre el canto. Como bien se narra en el libro del Éxodo, con Moisés salen los israelitas luego de las diez plagas que azotaron Egipto ante la negación del Faraón de liberarlos. Al salir hacia el desierto Paró, el Faraón, se arrepiente y su ejército sale tras de ellos.

Entonces se produce el milagro de las aguas del Mar Rojo. Las aguas se abrieron, Moisés junto al pueblo pasaron y las aguas volvieron a cerrarse ahogando a los egipcios.

Dice la Torá: “Al retornar las aguas cubrieron sus carros, la caballería y todo el ejército de Paró que los perseguía en el mar. No quedó siquiera uno de ellos” (Éxodo 14:28).

Israel vio a los egipcios morir y experimentaron el poder de Dios, y creyeron en Él y en Moisés. Luego de este gran drama bíblico relata la Torá: “Entonces cantó Moisés junto a los hijos de Israel este canto a Dios que dice: Cantaré a Dios porque es sumamente exaltado y al caballo con su jinete arrojó al mar. La fuerza y la retribución de Dios fue salvación para mí. Él es mi Dios y lo glorificaré…” (Éxodo 14:1-2).

Sin embargo, y de esto habla la belleza de los textos, en el Talmud se presenta un problema en torno al canto y a la muerte de los que no creen, de los no-judíos, y de los impíos.

¿Se debe celebrar con el canto la muerte del otro?

No. Esa es la respuesta de los sabios rabinos. Existe una universalidad en el canto, y en la música, por la que Dios no celebra con alegría la muerte del otro, sea judío o no lo sea.

Así está escrito en el Tratado Sanhedrin 39b:

“La Guemará comenta: como dice el rabino Shmuel bar Najman, el rabino Yonatán dice: ¿Cuál es el significado de lo que está escrito en el pasaje que describe la división del Mar Rojo: ‘Y el uno no estuvo cerca del otro toda la noche’ (Éxodo 14:20)? En ese momento, los ángeles ministeriales deseaban recitar una canción ante el Santo, Bendito sea. El Santo, Bendito sea Él, les dijo: Mi obra, es decir, los egipcios, se están ahogando en el mar, ¿y están recitando una canción delante de Mí? Aparentemente, Dios no se alegra por la caída de los impíos”.

Así está descrita esta hermosa y dramáticamente escena que ocurre en los palacios celestiales: los ángeles, ministros de Dios, deseaban cantar junto a los hijos de Israel el canto de alegría y de la libertad. Canto que celebraba, en el fondo, la muerte de los egipcios bajo las aguas del Mar Rojo. Sin embargo, Dios los reprende porque ellos desean cantar mientras parte de su creación se ahoga bajo el agua.

Existe una universalidad en el canto que llama a la alegría y en esa alegría la tradición judía no debe celebrar la muerte del otro. En este detalle, pequeño detalle, la tradición rabínica produce una fractura con los cantos de guerra, con las marchas militares, con la celebración desmesurada de la derrota del enemigo.

Como criaturas de Dios, no se debe celebrar la muerte. El canto, y su música, deben alegrarnos y conectarnos con lo divino, debemos celebrar la vida por la vida misma.

X. Rabi Pinjas de Koretz, uno de los primeros maestros jasídicos, se refería con gran elogio a la música y al canto. Una vez dijo: “Señor del mundo, si pudiera cantar no te dejaría permanecer en las alturas. Te acosaría con mi canto hasta hacerte descender y que te quedes aquí con nosotros”.

Es la música lo que nos conecta con la divinidad, el canto como la voz más allá de la voz, como la voz más allá de las palabras. Es la música como atraemos una pequeña porción de la divinidad hacia nosotros.

El mismo rabino expresa: “Cuando un hombre está cantando y no puede elevar la voz y otro llega y canta con él –otro que puede elevar la voz–, entonces el primero podrá también hacerlo. Este es el secreto del vínculo entre espíritu y espíritu”.

La música es universalidad y sociabilidad, hasta más allá del ser humano. Comunión del espíritu que se encuentra en compañía, que se reconoce en el otro espíritu. La música es la fuerza que nos saca de las profundidades de la melancolía y la tristeza, que nos arranca de la oscuridad y nos llena con su luz.

La música es luminosidad, destello de divinidad que nos transforma.

XI. Escribió Edmond Jabès: “Al no poder cantar el mundo que lo había excluido, el judío aprendió a leerlo en el canto”.

El canto nos habla. La música nos transforma, nos constituye.

Nunca somos los mismos después de atravesar la experiencia de la música. Siempre estamos renaciendo en la escucha, en la melodía que nos atraviesa, en la danza, en el canto.

Escribió Vladimir Jankélévitch: “La música es el silencio de las palabras; exactamente como la poesía lo es de la prosa”.

Entonces, que la música nos atraviese, y bailemos.

*Emmanuel Taub. Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires; su trabajo en general se centra en el pensamiento judío y su revelación con la filosofía, la teología política y el lenguaje. Ha publicado "Mesianismo y redención. prolegómenos para una teología política judía" (2014).

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