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07/08/2020

La sombra de Hezbollah





El País- por Claudio Fantini

Cualquier hipótesis sobre la causa de la explosión muestra la intemperie desoladora en la que está el pueblo libanés. Si lo que más rápido se instaló como definitiva fue la hipótesis del accidente, la razón es la necesidad de no sumar pánico a un pueblo agobiado. Un accidente no tiene por qué repetirse, pero un atentado aterroriza a la nación con el peligro de regresar al infierno de violencia sectaria al que ingresó en 1975 y del que nunca pudo salir del todo: la guerra civil.

No obstante, que haya sido un accidente confirma lo que sostuvo el canciller Nasif Hitti al presentar su renuncia el día anterior a la explosión: el Líbano es un “estado fallido”.

Si como señala la versión del accidente en el depósito que estalló había 275 mil toneladas de nitrato de amonio incautadas seis años antes, el hecho prueba la negligencia de un Estado que no removió semejante cantidad de compuestos de alta explosividad de un puerto situado en el corazón de Beirut.

La versión del accidente, igual que las hipótesis de posibles atentados, pone en el centro del debate a Hezbollah.

De haber sido un atentado, Hezbollah aparece como posible autor y también como posible blanco. Si en el pasado usó nitrato de amonio para producir bombas de amonal, como la que voló el edificio de la AMIA en Buenos Aires, de haber sabido lo que almacenaba en el puerto pudo hacerlo estallar como mensaje al Tribunal Especial que hoy debía emitir su fallo sobre el asesinato del primer ministro Rafik Haririr en el 2005. Si los jueces de La Haya declaran culpable a los cuatro imputados por el magnicidio, de hecho estará declarando culpable a Hezbollah, porque se trata de chiítas vinculados a la organización liderada por Hasán Nasrallah.

Si fue un mensaje al tribunal, tuvo éxito. Los jueces pospusieron la emisión del fallo debido, precisamente, a la descomunal explosión. Pero como el llamado Partido de Dios tiene muchos enemigos internos y externos, es posible que alguno de ellos descubriera que en el puerto almacenaba explosivos y perpetrara el atentado.

En todas las etnias libanesas, hay sectores que culpan a Hezbollah de la postración del país en el sectarismo, la violencia y el colapso económico. También tiene enemigos externos, como Israel y como las milicias sunitas que luchan contra Assad y contra los chiítas libaneses que acudieron en defensa de su régimen. Arabia Saudita es otro enemigo, porque apoya a los hutíes en el conflicto yemení.

La gravitante existencia de Hezbollah está relacionada al desastre político-económico del Líbano y también a la explosión que devastó Beirut, haya sido un atentado o haya sido un accidente.

El Acuerdo de Taif de 1989, que puso fin a la guerra civil, impuso el desarme de todas las milicias. Lo cumplieron desmovilizando sus fuerzas la Falange cristiana, las milicias sunitas y el ejército druso que dominaba el Valle de la Bekaa en nombre del Partido Socialista Progresista. También desmovilizó su milicia el movimiento chiíta Amal, pero la milicia más radical del chíísmo nunca se desmovilizó. Irán la convirtió en un aparato militar preparado para enfrentar a Israel y para actuar en otros conflictos, además de esparcir por el mundo células terroristas.

Con ese poderío, Hezbollah se convirtió en un Estado superpuesto al Estado libanés. Y un país con dos estados es un país sin Estado. Por un lado, Hezbollah integra la coalición que gobierna, con el general cristiano Michel Aoun como presidente y el sunita Hassán Diab como primer ministro. Por otro lado, es un poder superpuesto carcomiendo la autoridad y la gobernabilidad.

Ese gobierno oxímoron no puede implementar las reformas que revivan una economía hemipléjica. El esquema de reparto de poder que dejó Francia al concluir su mandato y estalló en 1976, ha vuelto a imperar y en iguales o peores condiciones de sectarismo y radicalidad.

Deambulando a la sombra de Hezbollah, el Líbano encontró la crisis económica que empobreció a la sociedad y la inconcebible explosión que devastó a Beirut.

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