Noticias

09/01/2018

Razón Pública, Colombia- Por Marcos Peckel

Medio Oriente 2018: año de transición







Porque seguirá siendo el foco de la tensión mundial – y porque se han dado grandes cambios geopolíticos – esta mirada prospectiva a una región martirizada por las guerras que implican a las potencias y a su vez repercuten sobre el rumbo futuro de las potencias.

El año pasado fue testigo de eventos trascendentales que transformaron el ajedrez geopolítico en el Medio Oriente:

La desaparición del Califato de ISIS,
La re-consolidación de los Estados -de cuya supervivencia se dudaba-, dentro de sus respectivas fronteras históricas,
El triunfo militar de Bashar- al- Assad en Siria,
El traspaso del poder en Arabia Saudita a la tercera generación de la familia real,
La reconformación de alianzas políticas y militares,
El protagonismo del Kremlin,
La llegada de Trump a la Casa Blanca,
La intensificación del conflicto geopolítico entre Irán y Arabia Saudita.

Estos sucesos han creado un nuevo escenario en Medio Oriente – aunque no necesariamente menos sangriento y trágico que el de los últimos años-. La realidad en muchos territorios de la región no podría ser peor: ciudades en ruinas, sociedades desgarradas, millones de refugiados y desplazados, Estados colapsados, autócratas, poderosos actores no estatales, guerras de proxis y una crisis humanitaria colosal.

El año que comienza será dominado por las convulsiones dentro de cada Estado, impulsadas por la intensificación del conflicto entre Irán y Arabia Saudita y por la injerencia continuada de las potencias en la región.

Una fuente de tensión especialmente peligrosa en este año es la marcada hostilidad del gobierno Trump hacia Irán – con sus denuncias del acuerdo nuclear y sus trinos agresivos desde que estallaron las protestas contra el régimen hace unos pocos días-.

Siria, el epicentro de las trasformaciones geopolíticas regionales

2017 marcó la consolidación de Bashar-al- Assad en el poder en Siria, tras seis años de una guerra brutal que dejó más de medio millón de muertos y 12 millones de refugiados - la mitad desperdigados por países vecinos (Líbano, Jordania, Turquía), y aquellos otros que lograron llegar a Europa sin ahogarse en el trayecto, antes que el viejo continente les cerrara sus puertas.

El triunfo de al Assad fue el resultado de la intervención de Rusia desde el 2015 para liquidar los reductos rebeldes, principalmente en Alepo, que le imprimió el giro definitivo a la guerra. Mientras los cazas rusos atacaban, las fuerzas de la Guardia Revolucionaria Iraní junto con Hezbollah y milicias shiitas trasnacionales movilizadas por Teherán, “limpiaban” el terreno y ocupaban territorio rebelde.

Al oriente del país, la coalición liderada por Estados Unidos, junto con efectivos kurdos y árabes sunitas propinaba la estocada final al Califato con la ocupación de su proclamada capital Raqqa, meses después de que Mosul sufriera la misma suerte.

La “victoria” de Assad sin embargo no le ha restituido el control territorial del país, con extensas zonas aun en manos de grupos de oposición: kurdos, variopintas facciones islamistas y el ejército libre sirio. Siria yace en ruinas y su reconstrucción está estimada por el Banco Mundial en 250 mil millones de dólares, fondos que nadie proveerá.

Con el campo de batalla transformado, Assad en el poder, el Califato aniquilado, Irán y Rusia como triunfadores, Siria entra en una nueva fase de la guerra, una mezcla de focos locales de pacificación y conflictos renovados por algunos territorios.

La presencia de Irán y sus proxis a pocos kilómetros de la frontera entre Siria e Israel es una bomba de tiempo. El Estado judío ha intervenido en numerosas ocasiones en Siria bombardeando depósitos de armas, convoyes que transportaban armamento sofisticado a Hezbollah, y hace pocos días una supuesta base militar iraní. Israel ha establecido líneas rojas, las ha hecho y las hará respetar a como dé lugar.

Esta situación convierte a Rusia en el árbitro del juego de alto riesgo entre judíos e iraníes: Rusia mantiene excelentes relaciones con Israel, incluyendo la coordinación militar en Siria donde la fuerza aérea judía opera a su gusto.

Por otro lado Irán fue aliado de Rusia para salvar a Assad. Pero una vez logrado este objetivo, los intereses de Moscú y Teherán comienzan a divergir. Rusia no está interesada en entrar en conflicto con los países de la región donde se está consolidando como la “potencia indispensable”, y debe evitar que Irán y su testaferro libanés Hezbollah provoquen a Israel a una guerra que haría ver los último seis años como un videojuego.

Assad por su lado se muestra triunfalista y sin ánimo de negociar con la oposición las reformas políticas que dieron origen a la guerra. Esto puede irritar a Rusia que busca afanosamente un final del conflicto con participación de otros grupos -kurdos y sunitas- en la piñata del poder en Siria. Paradójicamente tras haberlo salvado de su segura derrota, Assad podría convertirse en una “piedra en el zapato” para Rusia y Putin sabe cómo lidiar con eso.

Adiós al Califato, no a ISIS

2017 también marcó la aniquilación del “Califato” con la caída de sus dos capitales, Mosul y Raqqa, y la recuperación de la frontera entre Siria e Irak por parte de las fuerzas iraquíes. Las ruinas de varias ciudades en Irak y Siria, ratas deambulando por los basurales, la sombría procesión de seres humanos que deambulan sin destino ni esperanza por entre los escombros, atestiguan el dantesco final del Califato.

ISIS sin embargo no desaparece, se repliega y desplaza a otras latitudes: Libia, Filipinas, Yemen, Somalia y si las circunstancias que le dieron origen en Mesopotamia, léase marginación de la minoría sunita en Irak y la mayoría sunita en Siria no son superadas, volverán los radicales a azotar estas castigadas tierras. Ya se evidencia un sustancial incremento de ataques por parte de ISIS en las zonas “liberadas” en Irak, especialmente Ramadi, Faluya y Mosul.

Irán le gana a Arabia Saudita

La contienda geopolítica entre estos dos países se desarrolla en múltiples escenarios y por ahora Irán aventaja a su adversario: a través de sus proxis, los ayatolas han consolidado la “coraza shiita” en el Levante desde Irak hasta el Mediterráneo.

Irán también solidificó su influencia sobre Irak tras la derrota de ISIS, liderada por un Estados Unidos sin pretensiones políticas distintas de “vencer al terrorismo”. Las milicias shiitas -unos 140 mil efectivos, armados y entrenados por Irán- esperan su tajada tras haber participado en la “liberación” del territorio controlado por ISIS, con lo cual Irán obtendría en Irak lo que ya tiene en el Líbano con Hezbollah: un ejército proxi, un Estado dentro del Estado, un “cáncer” con capacidad de destruir a su “anfitrión”.

Los kurdos, héroes de la guerra contra ISIS, fueron traicionados por Estados Unidos y occidente quienes tras el referendo independentista de septiembre los abandonaron a su suerte y a las fauces de Erdoğan y las milicias shiitas iraquíes. Una humillante lección de realismo en las relaciones internacionales y el poco apetito que hay para crear nuevos estados en oriente medio.

De su lado Qatar fue sometido a un bloqueo por parte de los países del Golfo, con el argumento que el pequeño emirato “apoya el terrorismo”. Sin embargo la verdadera molestia de las dinastías reinantes es con la cadena de televisión qatarí Al-Jazeera, crítica severa de los regímenes árabes. El bloqueo aún vigente se ha convertido en un bumerang que empuja a Qatar hacia los brazos de Irán y de Turquía. Otra derrota para los saudíes.

En Líbano -que desde hace años ha sido un escenario del conflicto Irán-Arabia- se produjo el extraño episodio de la renuncia, instigada por los saudíes, del primer ministro Saad Hariri anunciada a través de la televisión de Arabia Saudita, desde donde acusó a Irán y a Hezbollah de incendiar la región y poner en peligro la supervivencia del Líbano. De regreso a Beirut, Hariri se retractó evitando una grave crisis constitucional en un país donde manda Hezbollah. Otra jugada que le salió mal a los saudíes.

El conflicto entre Irán y Arabia Saudita ha tenido en Yemen, el más pobre de los países árabes, su capítulo más funesto: una tragedia humanitaria de proporciones bíblicas frente a una comunidad internacional anestesiada y paralizada por consideraciones geopolíticas. Hambruna, cólera, desplazamientos forzados y destrucción por doquier causados por los bombardeos de los cazas saudíes y los ataques por parte de los rebeldes Houties pro iraníes.

El aventurerismo de Teherán en la región es una de las causas del malestar popular y las protestas masivas que en estos días están siendo reprimidas a sangre y fuego en Irán. En un contexto tan complejo como el aquí descrito se ha especulado sobre un acercamiento entre Israel y Arabia Saudita bajo la premisa que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Ambos países consideran a Irán su enemigo existencial, razón por la cual han incrementado su cooperación militar y de inteligencia. Pero los saudíes no “cruzarán el Rubicón” de hacer públicas sus relaciones con el Estado judío mientras no se produzca algún avance real en el proceso de paz entre Israel y los palestinos.

Israel - Palestina: más de lo mismo

A pesar de la atención política y mediática que provocó la decisión del presidente Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel, es poco probable que este año ocurra algo trascendental en relación con este conflicto.

Los palestinos siguen siendo el peor enemigo de sí mismos. El presidente Mahmud Abbas -en el año doce de su mandato de cuatro años- cuenta con limitado margen de maniobra y el “oxigeno” que le dio Trump con su declaración sobre Jerusalén ya parece haberlo desperdiciado por hacerle el juego a la galería anunciando que Estados Unidos no tiene ningún rol en un futuro proceso de paz.

Abbas se puso contra la pared porque solo Estados Unidos puede sentar a Israel en la mesa de negociación. Trasladar el conflicto a organismos internacionales -como lo ha anunciado a los cuatro vientos- servirá de muy poco.

Como era de preverse, se empantanó el proceso de reconciliación con Hamás, la organización islamista que controla la franja de Gaza. Este grupo no parece tener interés en otra guerra contra Israel que podría significarle el final de su control sobre la franja, aunque la guerra no es del todo descartable por las mismas divisiones en el interior de la organización y otras fuerzas que operan en Gaza. La tan cacareada “tercera intifada” no parece prender motores porque los palestinos entienden que tienen más por perder que por ganar.

Europa podría agitar la diplomacia del conflicto si reconoce formalmente al Estado de Palestina, como ha propuesto el ex secretario general de la OTAN, Javier Solana. Pero es altamente incierto el efecto que esto tendría en el terreno. Por otro lado está por verse, si finalmente se materializa, el plan de paz que está “arduamente” trabajando la administración Trump junto con los gobiernos de Egipto, Jordania y Arabia Saudita, países muy interesados en que se logre un acuerdo definitivo entre Israel y los palestinos.

Las oportunidades que perdieron los palestinos en Camp David 2000 y Annapolis 2008 de obtener su Estado Independiente con Jerusalén Oriental como capital, aceptadas en su momento por Israel no volverán. Los triunfos pírricos de los palestinos en Naciones Unidas, UNESCO y otros organismos internacionales no le darán vida al Estado Palestino.

*Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidades Externado de Colombia y del Rosario, columnista de El Espectador y El País.

  • Comentarios
  • Recomendar nota
  • Imprimir

Secciones

Calendario de eventos

Próximos eventos destacados

  • 25/01/2018 - Comisión Permanente del Poder Legislativo Sesión especial por Día Internacional de Recordación de las Víctimas del Holocausto 10 hs. Cámara de Senadores Palacio Legislativo

Últimas noticias por Categoría