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31/01/2018

Revista El Medio- por Mordejai Kedar

Por qué los árabes y los musulmanes no aceptarán a Israel como el Estado judío




Como era de esperar, el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel por parte de Donald Trump generó indignación masiva en el mundo árabe e islámico. Por dos razones fundamentalmente, una religiosa y otra de tipo nacionalista.

La razón religiosa se enraíza en la concepción que tiene de sí el islam como una religión cuya misión es acabar con el judaísmo y el cristianismo, y heredar todo lo que una vez fue judío o cristiano: sus territorios, lugares de culto, gentes. En la cosmovisión del islam, Palestina pertenece entera y exclusivamente a los musulmanes, porque tanto los judíos como los cristianos traicionaron a Alá cuando se negaron a convertirse en seguidores del profeta Mahoma. El castigo para ellos es la expulsión de sus tierras y la pérdida de todos sus derechos sobre ellas.

A lo largo de la historia del islam, los musulmanes han convertido las iglesias en mezquitas: ahí están la Gran Mezquita de Ramle, la mezquita Bani Omeya de Damasco, Hagia Sofía (Estambul) y lo que sucedió con numerosos templos españoles. El motivo es que creen que el cristianismo, como el judaísmo, queda invalidado por el islam, lo que hace innecesarias las iglesias.

Según los preceptos del islam, los profetas reverenciados por esas religiones obsoletas son musulmanes: Adán, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Moisés y Aarón, etc. Y según el islam, el rey Salomón construyó una mezquita, no el Templo, en Jerusalén. (El espacio de 1.500 años entre el reinado de Salomón y el nacimiento del islam es irrelevante para los verdaderos creyentes).

Los judíos y los cristianos pueden disfrutar de protección bajo un régimen musulmán si se someten al islam en lo que se conoce como dimitud, estatus por el que están legalmente privados de numerosos derechos, incluido el de poseer tierra y el de portar armas. A los dimíes se les obliga a pagar un impuesto especial (yizia) y se les mantiene en la condición de oprimidos, como manda el Corán. Para el islam, los judíos no son una nación, sino una serie de comunidades religiosas presentes en varios países: un judío de Polonia es “un polaco de religión mosaica” y un judío de Marruecos es “un árabe marroquí de religión mosaica”.

De repente, hacia finales del siglo XIX todo cambió. Los judíos empezaron a acudir a Palestina en números cada vez mayores. Los sionistas se inventaron una nueva nación –el “pueblo judío”– y decidieron que una parte determinada de la Casa del Islam era su patria, conocida como Eretz Israel. Construyeron comunidades y una fuerza de combate para su protección, aunque en teoría, como dimíes, no podían llevar armas y estaban sometidos a la protección del islam.

En 1948 los judíos proclamaron un Estado a pesar de que no merecían la soberanía. Después, en 1967, conquistaron la Margen Occidental y Jerusalén Este.

Los judíos intentan ahora rezar en el Monte del Templo, lo que sugiere que el judaísmo ha vuelto a ser una religión activa, viva e incluso dinámica. Esto pone la propia razón de ser del islam en entredicho. Después de todo, el islam llegó al mundo con el fin de dejar obsoleto el judaísmo.

Los musulmanes fieles a su religión, y conscientes de este peligro, no pueden en modo alguno aceptar la existencia de un Estado judío, ni siquiera uno diminuto en la costa de Tel Aviv. Para ellos, Israel como Estado del pueblo judío es una amenaza teológica, y sólo secundariamente una amenaza nacional, política, judicial o territorial.

El reconocimiento del presidente Trump de la existencia de Israel al reconocer Jerusalén como su capital supuso un doble revés para el islam: Trump, cristiano, ha dado reconocimiento a los judíos. El indignado mundo musulmán pensó que esto tenía que ser una conspiración cristo-judaica contra el islam. El anuncio de Trump les recordó (a ellos y a varios judíos) la Declaración Balfour de noviembre de 1917, por la cual los árabes siguen arremetiendo contra el resto del mundo: “Hicisteis promesas sin ser propietarios a quienes no tenían derecho a recibirlas”.

En las semanas que siguieron al anuncio de Trump, musulmanes de todo el mundo expresaron su indignación por el reconocimiento dado al Estado judío pese a que su mera existencia es contraria al islam. Líderes y ciudadanos de a pie, hombres y mujeres, salieron a la calle a exhibir su incapacidad de convivir con el hecho de que el jefe de Estado cristiano más prominente haya reconocido la capital que se ha dado la nación judía y, por extensión, el derecho de ésta a su propia tierra.

Los disturbios en el área de Wadi Ara, en el centro de Israel –los agitadores intentaron bloquear la carretera principal y causaron daños a un autobús público–, fueron otra expresión de la ira musulmana. No era raro el lugar elegido, porque en Wadi Ara se encuentra la localidad de Um al Fahm, feudo de la Rama Norte del Movimiento Islámico, dirigida por el infame Raed Salah. La Rama Norte ha sido declarada ilegal, junto a algunas de las organizaciones más pequeñas que ha alimentado, lo que significa que sus miembros no tienen una vía legal para expresar su furia por la existencia del Estado de Israel. Al tener pocas alternativas, actúan en el espacio público como individuos sin identidad organizacional.

Se acepta comúnmente que la lógica subyacente al movimiento nacional palestino se basa en la negación del derecho del pueblo judío a su tierra y a su Estado. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se creó en 1964, cuando las únicas zonas ocupadas eran Tel Aviv y Haifa. Su misión era destruir el Estado de Israel, objetivo que los árabes han proclamado abiertamente antes y después de la guerra de 1948.

A pesar de lo que piensan algunos, la OLP jamás ha enmendado su carta fundacional, que demanda la destrucción de Israel, frente a lo que Yaser Arafat prometió a Isaac Rabín. Los Acuerdos de Oslo, y los subsiguientes pactos con la OLP, no tenían, pues, ningún valor. Los que persisten en este mito sobre las intenciones de la OLP, a pesar de las abundantes pruebas de la perfidia de Arafat y su sucesor, Mahmud Abás, han seguido alimentando la ilusión de la paz en el corazón de unos israelíes cansados de guerras, anestesiándolos en el proceso.

El objetivo del movimiento nacional palestino es la creación de una nación palestina artificial (desde cero, sí, porque, históricamente, jamás ha existido dicha nación). Se fijará su permanencia erigiendo un Estado árabe sobre las ruinas de Israel, no junto a él. Por eso no hay ningún mapa de Israel en la Margen Occidental o en Gaza. Todos los mapas palestinos presentan Palestina con los colores de la bandera de la OLP y extendida desde el Mediterráneo hasta el Jordán. En la kefia de la OLP figuran las palabras “Nuestra Jerusalén” a la derecha y “Falestin” a la izquierda.

El mundo, y especialmente Europa, se divide entre a) los ignaros inocentes que apoyan un Estado palestino para alcanzar la paz y b) los que odian a los judíos y entienden perfectamente cuáles son las intenciones de la OLP y la apoyan de todo corazón. El mundo árabe, también los que han firmado acuerdos de paz con Israel (Egipto y Jordania), deja conscientemente de lado los verdaderos planes de la OLP y trata a la organización como único representante legítimo del pueblo palestino. Si la OLP logra llevar a cabo sus planes, nadie en Jordania o Egipto llorará la desaparición de Israel.

Los seguidores de Arafat creen que si logran dejar Jerusalén fuera de las fronteras de Israel, muchos judíos perderán cualquier esperanza y abandonarán Israel para irse a los países de los que vinieron, ellos o sus padres. Eso será el comienzo del fin para la empresa sionista, porque no hay sionismo sin Sión, sin Jerusalén. Por eso gastan tantas energías en Jerusalén. Mientras la mayoría de los países se nieguen a reconocer a Jerusalén como la capital de Israel, la ciudad será el eslabón débil de la cadena que mantiene unido Israel.

Arafat intentó asustar a los israelíes con el lema “Un millón de shahids marcharán sobre Jerusalén”, lo que significa que millones de personas están dispuestas a perder la vida para librar la ciudad de las garras sionistas. La sociedad islámica ha interiorizado este mantra, y se puede oír en las manifestaciones contra Israel de todo el mundo.

El reconocimiento de Trump de Jerusalén como capital de Israel asestó un duro golpe al relato nacionalista palestino y dio a Israel una especie de póliza de seguros. Lo cual saca de quicio a los árabes que crecieron con la idea de destruir a Israel durante la época de los Acuerdos de Oslo. Ahora ha quedado claro que un país muy poderoso, EEUU, no se ve como parte de ese sueño, y que incluso está dispuesto a actuar contra él.

Los árabes en general y los palestinos en particular están viendo cómo caen las fichas del dominó. La República Checa, Hungría y otros países importantes están considerando trasladar sus embajadas de Tel Aviv a Jerusalén como reconocimiento de que esta última es la capital de Israel. Incluso el presidente ruso, Vladímir Putin, declaró su reconocimiento de Jerusalén Oeste como capital de Israel en abril de 2017. No hubo quejas en respuesta al anuncio de Putin por una simple razón: los árabes tienen un pánico terrible a Putin después de que dejara meridianamente claro en la guerra siria hasta dónde está dispuesto a llegar, y se abstienen cautelosamente de reaccionar a sus declaraciones o decisiones.

Por motivos religiosos y nacionalistas, los árabes y los musulmanes son incapaces de aceptar a Israel como el Estado judío que es.

La pregunta que los israelíes –tanto los judíos como los cristianos– se tienen que hacer es si van a reconocer el problema musulmán y árabe, pero diciéndoles en términos inequívocos que Jerusalén pertenece a los judíos, y que van a tener que aprender a vivir con ello, o si van a rendirse ante los idealistas árabes y musulmanes que se niegan a aceptar la realidad de que la religión judía sigue viva y goza de buena salud.

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