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11/09/2017

Clarín- por Alejandro Czerwacki

Viaje al corazón de Korolowka, Ucrania, y las huellas que dejó el nazismo





Tras las raíces familiares.  Miles de kilómetros recorridos por el cronista junto a su madre, para reconstruir el pasado, revelar lo oculto y dejarse llevar por lo mágico.

Supuestamente, las cartas estaban echadas. Las varias decenas de correspondencias de hojas amarillas y crujientes entre mis abuelos maternos y sus padres (Argentina-Polonia, entre 1934 y 1939), sólo eran parte de un duro recuerdo. Pero un deseo confeso y contundente de mi mamá, el de ir a ese pueblo donde sus progenitores se conocieron y disfrutaron la vida hasta decidir partir de jóvenes a un mundo mejor, se convirtió en un objetivo prioritario. No era cualquier lugar: en Korolowka, antiguamente Polonia, ahora Ucrania, los nazis aniquilaron a toda la familia de mis abuelos. Allí vivían mil judíos y sólo 38 sobrevivieron. Hoy no existe nadie que profese esa religión.

Ubicar a Korolowka, cuyo nombre también era idéntico al de otras localidades cercanas, generaba confusión. Ni embajadas y consulados ayudaban la tarea previa, la de tener certeza en qué lugar del mapa estaba. Pero el viaje tenía mucho sentido. Tanto silencio forzado de inocentes que sobrevivieron al Holocausto, como el que se juraron mis abuelos, y el derecho a la información de quienes sucedimos a todas las víctimas, transformaron este objetivo en un modo de revelar lo oculto. Repensar el árbol genealógico, trabajar sobre nuestras raíces era un acto sanador insoslayable. Desatar esos “nudos” con el pasado, acariciando un presente más transparente, era clave. “No te preocupes si llegamos y no hay nada –decía mi mamá, “Beba” Flechner, ante tanto desaliento inicial. Caminar por el pueblo ya va ser un triunfo”. En algún sentido, mi mamá y yo, “buscábamos vida”.

En Varsovia, Polonia, nos encontramos con nuestra guía polaca para esta travesía, Agnieszka Machota, sumando a su novio, que haría de conductor, dispuestos a ayudarnos. Recuerdo su frase en un primer email: “Fíjese bien el estado de salud de su mamá para hacer un viaje no tan fácil, a un destino no muy seguro”, me había dicho, con cautela lógica pero temerosa, aunque nada impidió que nos trepemos a la aventura. La primera gran traba fue pasar la frontera de Polonia a Ucrania, donde estuvimos detenidos casi cinco horas allí en Hrebenne, un no lugar donde nada supuestamente pasa pero todo parece extraño, como la ácida mirada que posan sobre nosotros los oficiales polacos y ucranianos. Después de casi doce horas en auto, llegamos a la ciudad más occidental de Ucrania, que es Lviv (se pronuncia “lwów”) y se advierte que en Ucrania el tiempo se detuvo hace varias décadas.

Transité las rutas ucranianas visualizando carteles ininteligibles, infinidad de cementerios con coloridas flores e iglesias ortodoxas, todas a la vera de la ruta. Mi mamá perdía su mirada por su ventanilla, quien sabe pensando en qué. De pronto un cartel que logro identificar: la proximidad con la ciudad de Ternopol, aquella que tantas veces vi en Google maps en noches de desesperanza. “¿Parece que estamos llegando, verdad?”, me dijo con suavidad y empatía Agnieszka. Intuyo que había contemplado el brillo de mis ojos, ya conmovidos. Como en las películas, llegamos al pueblo deseado y comenzó a llover. Calles de tierra, casas sencillas, cementerio e iglesia católica a la vista. El tiempo nos juega en contra, es escaso y el clima complica.

Nuestra guía interpela a un puñado de pobladores que aparecen en el camino: hablan poco, gesticulan mucho. Hasta que alguien nos lleva a un lugar inesperado, al encuentro con un historiador de 86 años que sabe todo del pueblo y que sólo va unos días en el año… pero justo estaba ahí ¿Cómo esperándonos? Saca un mapa que armó con información de un mensajero del pueblo, donde figuran todas las familias judías de la época. Podemos visualizar los apellidos de las familias de mis abuelos: Flechner y Hirsch. Mi mamá se contiene para no quebrarse de la emoción pero la suelta. El saca otro libro donde tiene métricas para cruzar apellidos y encontrar más información. “Aquí me aparece Blime, hija de Salomón Flechner, que murió muy joven, en 1921”, dice Stepan Pankevych, el hombre mágico. “Claro, ella era mi tía”, exclama asombrada mi madre.

La charla continuará en esa casa por casi dos horas, mientras afuera sigue la lluvia y adentro las lágrimas. Habrá tiempo para conocer el libro que Pankevych escribió sobre Korolowka, apenas unos años atrás. Momento de enterarse que hubo fusilamientos a escasos metros de donde estábamos (una de las víctimas fue el papá de mi abuelo materno) y que todos los demás iban al Ghetto de Borschov para luego ser exterminados en el campo de Tovste. Aunque la revelación llegó al final: 38 judíos sobrevivieron escondidos en cuevas durante 511 días. De eso se trata el documental “No place on Earth” (En ningún lugar sobre la Tierra), acerca de este escondite hallado recién en los años ‘90. Al salir, Agnieszka, de larga experiencia acompañando familias queriendo conocer sus raíces, me confiesa satisfecha: “Qué bueno verlos a ustedes: dos generaciones en la confrontación con su pasado”.

En el final, un paso rápido, lluvia mediante, por el cementerio judío de la época, con sus lápidas gastadas, descuidadas e inclinadas. Allí no hubo más sepulturas desde la llegada de los nazis y las colinas de fondo terminan por darle un matiz pictórico. Camino rodeado de verde y siento que todo está iluminado. Como aquella película, de igual nombre, que trata sobre un joven judío estadounidense, que viaja a tierras ucranianas para buscar los orígenes de su familia. Allí, en el pueblo de Trachimbrod, tan parecido a Korolowka, uno de sus personajes, conmovido por lo que vive el protagonista, cambia su mirada hacia el final: “Todo está iluminado en el pasado. Siempre está con nosotros. En nuestro interior, mirando hacia fuera”.

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