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29/09/2020

Excelsior, México- por Esther Shabot

Israel-Palestina: cambio de paradigma








Para el mundo árabe la norma que prevaleció durante décadas fue que mientras no hubiera solución a la cuestión palestina, no se reconocería a Israel como Estado legítimo e incluso se mantendría un boicot general contra él. La primera fisura en ese consenso se dio en 1979, cuando Egipto firmó la paz con el Estado judío, y la segunda hacia 1994, al ocurrir lo mismo con Jordania. Sin embargo, ahora, 26 años más tarde, cuando parecía evidente que la situación palestina se mantenía congelada y sin avance alguno hacia una solución que le brindara la posibilidad de conseguir un Estado independiente, irrumpió en escena un acontecimiento que está alterando dramáticamente el statu quo.

Con la mediación de la administración Trump, dos ricas naciones árabes, Emiratos Árabes Unidos y Bahrein, han firmado con Israel un acuerdo de normalización de relaciones acompañado de un buen número de proyectos de colaboración, muchos de los cuales ya estaban en marcha desde antes de manera discreta. Esa formalización significó un golpe brutal para la sociedad palestina y para sus dirigencias políticas, tanto en Gaza, bajo control del Hamas, como en Cisjordania, sede de la Autoridad Nacional Palestina, encabezada por Mahmoud Abbas.

“Una puñalada por la espalda”, “una traición de nuestros hermanos árabes”, fueron algunos de los términos con los que en el ámbito palestino se calificó a los acuerdos firmados el 15 de septiembre en los jardines de la Casa Blanca. Su indignación y su frustración se ha acrecentado a medida que asoman posibilidades muy reales de que otras naciones árabes y musulmanas se sumen a reconocer a Israel, quedando así desactivada una de las herramientas con la que contaban los palestinos para salir de su condición de pueblo bajo ocupación. A pesar de que Emiratos justificó su decisión bajo el argumento de que gracias a su acercamiento a Israel se evitó la concreción del proyecto de anexión de cerca del 30% de Cisjordania que el gobierno de Netanyahu había anunciado como una de sus próximas prioridades, tal justificación no fue de ninguna manera aceptable para el liderazgo palestino.

En ese contexto, las cosas se han desarrollado en los últimos días de la siguiente manera: Hamas gobernando Gaza y el Fatah como movimiento que sustenta a la Autoridad Nacional Palestina, dejaron, por lo pronto, de lado su confrontación que databa de 2007 cuando fracturaron su alianza y el Fatah fue expulsado de Gaza. Ante los nuevos desarrollos que los han cimbrado, dirigentes de ambos bandos se reunieron en Turquía hace unos días con objeto de planear el rumbo a seguir ante el nuevo escenario. Aparentemente se llegó a un primer acuerdo: celebrar elecciones en un plazo de seis meses, tras 15 años en que no las hubo. Por declaraciones del representante de Fatah, Jibril Rajoub, y del enviado del Hamas, Saleh al-Arouri, se sabe que tales comicios serían primero para elegir el Consejo Legislativo Palestino, después para la presidencia, y por último para el Consejo Nacional Palestino. Este acuerdo logrado en la ciudad de Estambul anuncia la reconciliación entre ambas partes y el posible final de un diferendo entre ellas, el cual ha impedido el avance hacia una mayor cohesión en el campo palestino, con el consecuente debilitamiento de su posición y de su capacidad de interlocución con Israel.

Es así como entre las ideas propositivas que empiezan a aparecer a fin de adaptarse al nuevo paradigma y que puedan darse avances en la solución de la cuestión palestina terminando con la ocupación israelí, está una que ha sido expresada con claridad por el reconocido político e intelectual israelí, Yossi Beilin. Él sostiene en un reciente artículo en el diario Haaretz, que un deseable desenlace de todo este nuevo desarrollo podría estribar en que, en la atmósfera distendida de relaciones ya establecidas entre varios actores árabes e Israel, surja un eficiente cabildeo y presión de parte de dichas naciones árabes sobre el gobierno israelí para generar un compromiso serio de negociación y de diálogo que conduzca por fin a que la fórmula de dos Estados para dos pueblos se concrete.

Y ciertamente para ello será necesario que la óptica dominante al respecto dentro de los sucesivos gobiernos de Netanyahu sea sustituida por una que regrese a la convicción de que es imprescindible terminar con la ocupación, al mismo tiempo que por su parte, el campo palestino supere la fragmentación y la falta de procesos democráticos que le aquejan. En ese aspecto la reconciliación entre Hamas y la ANP es un primer buen paso, sobre todo si en efecto el plan de celebrar elecciones en un plazo de seis meses se cumple, y se consigue un relevo generacional en la conducción política capaz de romper con los viejos moldes que han mostrado su ineficiencia.

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